domingo, 31 de marzo de 2013

Noventa.


Odio que me pongas el corazón en la boca y doblas esquinas sin que tú estés a la vuelta. Odio cuando callas tanto, cuando hablas tan alto, cuando mientes en mi oído. Odio que sepas hacerme retorcer de dolor y felicidad al mismo tiempo. Odio que seas tú y no otro, que no estés aquí ahora, que no quieras estarlo. Odio cómo te haces de rogar sin saberlo. Odio regalarte mi tiempo solo cuando te dejas, que acabes siempre mis frases, que me abraces de todas tus maneras. Odio que siempre le eches la culpa a un tal destino, que seas cobarde, ir a contracorriente. Odio que las miradas se encuentren, que las manos tiemblen. Odio las cucharas, y todos los lados izquierdos de las camas. Odio que aquel día te cansaras de contarme los lunares. Odio que hayas sido tú el que me ha enseñado a reírme del mundo. Odio que seas tan jodidamente único.

La chica de los gatos.

Ochenta y nueve.


Un sabio dijo una vez: puedes tener lo que quieras si sacrificas todo lo demás. Lo que en realidad quería decir, es que no hay nada que no tenga un precio, así que antes de luchar más vale que pienses lo que quieres perder.
A menudo si se nos elige a nosotros y no al contrario, el sacrificio puede ser mayor de lo que podemos soportar...

La chica de los gatos.

viernes, 29 de marzo de 2013

Ochenta y ocho.


El día de hoy subrayado en tu agenda, te recuerda que es un día importante. Hoy cierras otra etapa, otra de tantas. Recuerdas Octubre, el mes de los recuerdos, el mes donde, una vez más, ÉL no estuvo. El mes donde decidiste empezar un nuevo camino, lejos de ÉL, de esa vida que no te hacía feliz, y que por miedo o por esa estúpida manía de perseguir las cosas que nos hacen daño, seguías llevando a cuestas. Y una vieja promesa, que no eras capaz de cumplir... Eras pasado...
Y darte cuenta de que solo eres eso, pasado. Un pasado que todavía pesa, pero que ya no duele. Y notar que las heridas han cicatrizado y que has recuperado esa ilusión perdida, ese brillo en la mirada, esas ganas de comerte el mundo, esa mezcla de emociones que recorren una y otra vez tu piel y que hacen que te sientas capaz de todo.

La chica de los gatos.

jueves, 28 de marzo de 2013

Ochenta y siete.


Iba a verte, pero luego no te he visto. Tengo una buena excusa, ya la conoces. No te enfades conmigo, no soy yo quien decide mis obligaciones. No es por falta de ganas. De hecho, me muero de ganas por ponerle una excusa a todas mis obligaciones e irme contigo. Sé que me crees. Para mí no es fácil. Veo que te alejas y yo me quedo quieta, intentando poder desanudar todas las cuerdas que me atan a toda esta basura.
No te vayas, por favor. Espérame. No puedo prometerte nada, porque te he prometido tantas cosas que no he cumplido, que soy incapaz de volverme a traicionar. Pero espérame... El día menos pensado aparecerá en la puerta de tu casa, llamaré al telefonillo y solo estaremos los dos y todos los chicles de mente que estés dispuesto a masticar. Solo tienes que tener claro que quería verte, que solo quiero tenerte aquí para poder cerrar los ojos a tu lado.
Puede que ya no me eches de menos y te sobran razones para no hacerlo. No tengas paciencia, pero quédate ahí, que voy a llegar.

La chica de los gatos.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Ochenta y seis.


Estar con alguien es una elección, es algo que elegimos para creer que estamos bien, para sentir que estamos en compañía, compartiendo momentos y cosas con la persona que queremos... Es fácil no tener que elegir, y hacer de nuestras vidas una rutina: ir siempre por el mismo camino, nunca pegar un volantazo, nunca permitir una sorpresa...
Pero eso no es vivir, es el pánico que nos da tener que elegir. Siempre que tenemos opciones, hay que elegir y arriesgarse y jugársela por una sola opción, y siempre que elegimos, vamos a perder algo. El terror al abandono, a sufrir y arrepentirnos de nuestra elección puede ser nuestro peor enemigo, por eso no hay que tenerle miedo a las opciones. Aunque el miedo no es no saber lo que queremos, sino no estar seguros, porque si no dudamos, no probamos y no buscamos, nunca vamos a saber lo que queremos.
El mundo está lleno de posibilidades, y no por una elección hay que perder las demás; pero si elegimos todo, no elegimos nada. Cuando somos estructurados, rígidos y no nos corremos del camino, pensamos que no somos libres. Pero cuando pensamos que en verdad lo somos, estamos presos de nuestra propia decisión. Algunos no eligen por miedo a perder algo; otros por miedo a perder todo y terminan sin elegir nada. ¡Nadie sabe que es peor! Cuando uno no elige, la vida elige por uno y eso no es ser libre, ser libre es animarse a elegir un lugar donde quedarse, una opción, jugarse por una relación y no temerle ni al compromiso, ni a lo que pueda pasar después. Uno se siente libre, pero es un engaño, si uno no elige nada, no tiene nada.
Hay muchas razones para decir "no", y muchas razones para decir "sí", pero no podemos permitirnos no elegir, ya que el elegir es darnos oportunidades a probar y a obtener cambios. Y hoy, yo te elijo a ti.

La chica de los gatos.

martes, 26 de marzo de 2013

Ochenta y cinco.


No fue fácil quererse, aunque ellos lo intentaron con todas sus fuerzas. Solían tomar helado después de cenar, acomodados en el sofá biplaza que empezaba a amoldarse a sus cuerpos como si llevaran allí toda la vida. Algunas veces ella hacía parpadear las lámparas del pequeño apartamento para hacerle reír, y él, un poco asustado sin confesarlo, bailoteaba a su alrededor mientras las luces le iluminaban los ojos.
A ella le gustaban sus ojos. Ojos de pena, de océano atlántico. Tenía las pestañas largas y densas, propicias a la borrasca, y cuando lloraba pendían de ellas goterones enormes que amenazaban con arrasarlo todo. Entonces imaginaba que extendía sus dedos y las arrastraba por las mejillas, secándolas lento con su electricidad. Alguna vez llegó a pedírselo, pero él no le dejó intentarlo. Ambos sabían que de haberlo hecho habría recibido una descarga sin retorno, así que cuando le daba uno de sus ataques de llano la obligaba a salir de la habitación y ella tenía que conformarse con quedarse al otro lado de la puerta hasta que se le pasaba y podían volver a estar juntos.
Aquel día, sin embargo, se negó a irse. Él empezó a llorar de improviso, mientras hacían el amor, y por un momento ella pensó que sería de alegría. Quiso tocarle las lágrimas pero él la rechazó, y de dos zancadas se plantó en la otra punta del cuarto. Ella se apretó las rodillas contra el pecho y le dijo que no le dejaría solo. Pasara lo que pasara, se quedaría allí sentada hasta que dejara de llorar y pudiera volver a la cama con ella.
-Tienes que marcharte. ¡Podría hacerte daño! No puedo parar si sé que estoy poniéndote en peligro - gimió él, mirándola con su cara de perro triste, la que más le gustaba a ella.
-No. La pena duele menos cuando alguien está contigo. Yo lo sé, desde que me quieres tengo muchos menos calambres en el estómago. Así que no me voy a ir. Me quedaré aquí sentada, treparé por los muebles si hace falta, pero no te dejaré solo. Ya verás como al final se para. Ya lo verás - le contestó, con los ojos muy abiertos.
Temblaba de miedo, y, sin embargo, no se movió cuando notó el agua salada mojándole la punta de los pies. Los recogió más contra su cuerpo y siguió allí, iluminando cada vez con más intensidad la bombilla del techo, hasta el agua arrasó con la cama y tuvo que subirse al armario para no electrocutarse.
-¡Vete, por favor! Si no luego será demasiado tarde. Por favor, por favor, márchate. No quiero hacerte daño - hipaba él, fuerte, mientras ella seguía observándole con la cara muy blanca y los dientes apretados.
Pero no iba a irse. Estaban juntos en aquello, y si él lloraba hasta ahogarse, ella se ahogaría también.

La chica de los gatos.

Ochenta y cuatro.


Los besos no se pactan. Nadie planea un beso, no te llaman y te dicen "quedamos dentro de dos horas donde siempre para darnos tres besos". NO. Los besos surgen, se pierden, se roban y, con suerte, se disfrutan. No deberían banalizarse. No puedes vender tus labios al mejor postor, ni puedes esconder tu lengua todos los días.
La gente no besa y no sabe besar. Dan besos sin saliva y ponen los dientes en medio. Besan a cualquiera y se abaratan a si mismos. Prefieren perder la dignidad a perder el orgullo, y besan lo que sea para que no piensen nada malo de ellos. Es una derrota que no te besen.
Para mi, la victoria es que me quieran besar, aunque no lo hagan, aunque no deban hacerlo. No me jugaría tus labios a la carta más alta, lo siento mucho. Prefiero saber que cuando me beses lo harás con los ojos cerrados y la boca abierta.
Siempre odié que me besaran con los ojos abiertos y yo ahora me he convertido en algo así. Uso la lengua, sí, pero eso es algo fácil. Lo difícil es besar de verdad, lo difícil es besar y que se acabe el mundo. Ya nadie besa como antes y la verdad es que yo tampoco.

La chica de los gatos.

Ochenta y tres.


Ayer tarde estábamos sentados junto a la mesa. No hacíamos nada, ni siquiera hablábamos. Yo tenía apoyada mi mano sobre un cenicero sin cenizas. Estábamos tristes: así era como estábamos, tristes. Pero era una tristeza dulce, casi una paz.
Lo estaba mirando y de pronto movió los labios para decir dos palabras. Dijo: "Te quiero". Entonces me di cuenta de que era la primera vez que lo decía, más aún; que era la primera vez que me lo decía alguien. Lucas me lo hubiera repetido veinte veces por noche. Para él, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del juego amoroso. Él, en cambio, lo había dicho una vez, la necesaria. 
Quizá ya no precise decirlo más, porque no es un juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo. "Hasta ahora no te lo había dicho", murmuró, "no porque no te quisiera, sino porque ignoraba por qué te quería. Ahora lo sé."


La chica de los gatos.

lunes, 25 de marzo de 2013

Ochenta y dos.


Es lo curioso de las necesidades; a veces cuando las cubres... dejas de necesitarlas. Cuando llevas mucho tiempo queriendo algo, persiguiéndolo con todas tus ganas, frustrándote cuando no veías avances y dándolo todo por conseguirlo, simplemente porque crees que es lo que puede salvarte y... De repente, de repente esa persona está delante de ti, de repente estás volviendo a besarle, le estás acariciando, le estás abrazando, estás respirando el mismo aire que respira... Es extraño, porque, en ese mismo momento alcanzas el cielo, alcanzas el cielo y todo lo demás da igual. Da igual el mundo que te rodea, dan igual las demás personas, la hora, el lugar... simplemente estás en una burbuja en la que todo es perfecto. Tal y como creías, tal y como soñaste durante tanto tiempo.
Pero... ¿qué pasa después?, ¿qué pasa al día siguiente? ¿Por qué no sigue siendo perfecto? Es como si de repente se encendiese una luz y pudieses verlo todo. Todo lo que no has podido ver durante tantísimo tiempo, lo tienes ante tus ojos y cuando estás apunto de agarrarlo, cuando estás apunto de tenerlo, la luz se apaga y vuelves a estar tan desorientada como lo estabas al principio. ¿Qué es lo que ocurre exactamente? ¿Ya no le necesitas? ¿Ya no necesitas volver a luchar tantísimo por volver a tener momentos tan mágicos? ¿Nunca volverás a tenerlos? ¿Por eso no los quieres? ¿O simplemente ya no te hacen falta? Cuando has cumplido un propósito, cuando has conseguido lo que querías... ¿qué ocurre después? ¿Por qué esa sensación? No le miras con los mismos ojos, no le esperas con las mismas ganas, no te hace sentir ni la mitad de bien que antes.
¿Es porque te ha vuelto a decepcionar? ¿Otra vez ha salido huyendo? Justo como esperabas. Aunque en el fondo deseases que se diese cuenta de que te quiere. Pero eso no ha ocurrido. Eso no ha pasado, como tantas otras veces... Y es jodido, porque has creado un mundo alrededor de él, un mundo por el que te levantabas por las mañanas, y no porque lo necesitases, si no porque simplemente te sentías mejor así y tú solo buscas tu bienestar. Pero cuando tu bienestar no es igual, no se siente igual. Cuando tienes que crear otro mundo, andar por otro camino, ¿es normal tener tanto miedo? ¿tanta ansiedad? ¿Y si sólo es el momento? ¿Qué pasaría si decidieses que no es el amor de tu vida, y en tu siguiente momento, te dieses cuenta de que si lo es?
¿Cuales son las circunstancias que hacen que decidas?
Odio eso. Odio eso de mí.
No es justo para nadie.

La chica de los gatos.

Ochenta y uno.


Es por el frío. El frío y las casualidades del color verde. Como un Marzo que comienza con el mismo frío que Enero, pero se presenta mucho más cálido mientras colecciono palabras susurradas al oído y cigarrillos a medias enterrados entre el césped de la facultad y las cuerdas de una guitarra. Recuerdo que mientras hablaba, con los ojos llenos de vida, pensé algo así como que los chicos malos siempre traen problemas, pero quién era yo para hablarle de puntos finales si apenas acababa de comenzar. Entonces dijo que nunca había estado enamorado, nunca jamás. Y la magia de aquella tarde fría de Marzo se volvió aún más intensa.
Sé que lo hizo para provocarme, mientras me miraba con esa mirada tan suya, tan tierna y burlona, y sonreía sin mover los labios. Hay que saber leer entre líneas para comprender que eso significa que tampoco va a enamorarse esta vez de mi. Intento explicarle que cuando tienes amor, tocas el cielo con la punta de los dedos y das la vuelta al mundo sin moverte del mismo puto punto, pero, ¿de qué sirve hablarle a Satán del cielo? A alguien que piensa en aquella tarde, sin saber lo que significa realmente pensar en aquella tarde. Amor yo he tenido de sobra; amor en cantidades industriales que acabé vomitando y llorando a mares. Luego el dolor aún más intenso y el desamor, eso fue lo peor. Pero desde aquí, desde este césped del color de las casualidades, recuerdo la parte bonita de mi amor. Y eso es de lo que intento hablarle, de que la canción que está tocando fue escrita por una persona enamorada, y que a mi, esa canción, en aquella vida se me quedaba corta.
Pero como bien es sabido, los sordos no pueden ver la música, los ciegos no oyen el mar, y con las cinco letras de la palabra "TARDE" no se puede escribir "ahora".
Así que me quedo tirada en la hierba, enciendo otro cigarrillo y disfruto observando de reojo como sus manos acarician las cuerdas de la guitarra. Estoy segura de que no será él el próximo que me haga mendigar un beso, pero por ahora me conformo con decir que en su no-amor he encontrado mucho más de lo que buscaba cuando aterricé en Marzo; y todo lo demás, no importa.

La chica de los gatos.

domingo, 24 de marzo de 2013

Ochenta.


- Pero, ¿cómo puedes vivir sola? Tú no eres feliz, ¿no?
- Por supuesto que no. Ser feliz es un coñazo.
- Pero, ¿no echas de menos tener a alguien?
- A alguien como quién.
- Como un novio.
- ¿Para qué?
- Para que te proteja.
- Ya tengo puerta blindada.
- Ya, pero estando sola, ¿no te sientes un poco sola?
- Mi soledad y yo nos llevamos bien, no necesitamos que venga la soledad de otro y nos dé por saco.
- ¿Y no te gusta que te digan que te quieren?
- Sí... Cuando te quiero significa "te quiero", no cuando significa "me perteneces", que es más o menos siempre.
- ¿Sabes? Me parece que no has estado enamorada nunca.
- ¿Y tú si? ¿Me vas a decir que estás enamorada del tal Juanjo ese?
- Mmm... ¡Yo creo que sí!
- ¡Crees que si! O lo estás o no lo estás, si yo estuviese enamorada de Juanjo no necesitaría media hora para pensarlo.
- Oye, que han sido tres segundos...
- ¡Ni tres segundos ni nada! El amor no es algo que puedas poner en duda, es una ola que se lleva por delante, un puño que te deja K.O., un incendio que te abrasa por dentro.
- Me estás dando miedo.
- Es que el verdadero amor debería acojonarnos... Debería destruirnos para resucitarnos después, eso es para mí el amor. Y lo que tú llamas amor, pues... es una imitación hecha en Taiwan.

La chica de los gatos.

Setenta y nueve.


El día que nos conocimos no me acordaba de todas las veces que nos habíamos enamorado antes. Fueron dos, y ya sabéis que a la tercera va la vencida.
La primera vez yo tenía sólo catorce años y él acababa de cumplir dieciséis. Volvía de jugar al fútbol con sus amigos en el mismo vagón de metro en el que yo volvía de una tarde de compras con mi madre. Ibais armando bastante alboroto y mi madre os miraba con cara de desaprobación, mientras que yo tenía cierta mirada de curiosidad y una sonrisa traviesa en los labios. Recuerdo que pensé que eras el chico más guapo que había visto nunca. Me bastaron tres paradas para terminar completamente enamorada.
La segunda vez yo tenía diecisiete años y estaba de fiesta con mis amigas del instituto. Tus amigos y tú acababais de conseguir colaros en el sitio de moda, gracias a unos trajes prestados y un poco de labia, y estabais eufóricos.
Mientras bailábamos como locas en el centro de la pista, sé que no podías evitar dejar de mirarme. En una de esas nuestras miradas se encontraron, me sonreíste y yo volví a pensar, eras el chico más guapo que había visto en mi vida. A las dos canciones ya estaba totalmente colada, pero cuando me quise acercar a hablar contigo, ya habías desaparecido.
Y por último, la mañana que nos conocimos, tú estabas sentado en la mesa de la esquina de tu cafetería de siempre, ni siquiera me viste entrar. Me pedí un café en la barra y justo cuando tú te acercaste a despedirte del camarero yo me giré para irme a una mesa, tirándote todo el café encima. Te miré con los ojos abiertos como platos y una expresión de pánico en toda la cara.
-Lo siento mucho, ¡Ay madre mía, pero que torpe soy! - empecé a mascullar.
-No te preocupes - me dijiste y te devolví una sonrisa. Y allí estaba yo, pensando una vez más que eras el chico más guapo que había visto jamás.

La chica de los gatos.

Setenta y ocho.


Sí, ya sé que antes molaba. Tu también, no creas. Hacías que fuera distinto a todo lo que era, como esto, que está escrito el título antes que el texto. Un amigo siempre dice que el título es lo último que se escribe y también me dice que debería mandarte a la mierda. Nunca he sido de hacerles mucho caso a mis amigos.
Puede que ahora sea de otra forma, no lo niego. Pero no tengo la culpa. No me gusta tirar piedras y que sean mis cristales los que se rompan, ni me gusta intentar abrazar a alguien que sale corriendo cuando me ve... Siempre he tenido ganas de susurrarte al oído todo lo que me pasa cuando te veo, pero no me atrevo. Sí, ya ves, puedo estar haciéndote reír durante horas y cuando se trata de mandar escalofríos me vuelvo inútil.
Las cosas son un poco diferentes. Ya no sé cuando te has cortado el pelo, ni puedo mirarte de reojo sin que te des cuenta. Ahora no quiero perseguirte para poder abrazarte de verdad. Bueno, sí que quiero, pero no lo puedo admitir delante de ti. Ahora solo quiero que pienses que no me importas, aunque sí que me importas. 

La chica de los gatos.

Setenta y siete.


Te odio por cobarde. Por refugiarte en tu inseguridad y que eso te valga como escudo permanente, como excusa permanente. Por tenernos a las dos detrás, queriéndote como amigas y como algo más, y por importarnos tanto que ni siquiera ella y yo somos capaces de llevarnos mal a pesar de vernos como fuertes rivales.
A ti te odio por cara dura, por quererme para lo que me quieres y, a veces, para un poquito más. Por ser quien me entretiene pero que, cuando me abandona y desaparece de la nada, me hace pasarlo mal.
Y a mí me odio por quereros a los dos. Por no ser capaz de decidirme aunque no sea necesario hacerlo, porque no tengo opción de quedarme con ninguno. Porque cuando no me vale uno, me vale el otro y por, no solo no disfrutar de ninguno de los dos, sufrir por ambos. Soy una especie de prostituta masoca o algo así porque si no, no me lo explico.

La chica de los gatos.

Setenta y seis.


Si tuviese que contarle hoy mi vida a alguien, podría hacerlo de tal manera que me verían como una mujer independiente, valiente y feliz. Nada de eso: me está prohibido mencionar la única palabra que es mucho más importante que los once minutos: AMOR.
Durante toda mi vida he entendido el amor como una especie de esclavitud consentida. Es mentira: la libertad sólo existe cuando él está presente. Aquel que se entrega totalmente, que se siente libre, ama al máximo. Y el que ama al máximo se siente libre. Por eso, a pesar de todo lo que pueda vivir, hacer, descubrir, nada tiene sentido. Espero que este tiempo pase deprisa, para poder volver a la búsqueda de mi mismo, bajo la forma de un hombre que me entienda, que no me haga sufrir. Pero... ¿qué tontería estoy diciendo? En el amor, nadie puede machacar a nadie; cada uno de nosotros es responsable de lo que siente, y no podemos culpar al otro por eso.
Me sentí herida cuando perdí a los hombres de los que me enamoré. Hoy, estoy convencida de que nadie pierde a nadie, porque nadie posee a nadie. Esa es la verdadera experiencia de la libertad: tener lo más importante del mundo, sin poseerlo. Once minutos.

La chica de los gatos.

sábado, 23 de marzo de 2013

Setenta y cinco.


Nos hemos hecho tanto daño, que a veces solo el mirarnos nos duele... Todo sucede siempre tan deprisa, que pasamos del sexo a los reproches en un segundo. No te mentiré, más de una vez he querido marcharme, hacerme un ovillo en la cama y dejar de luchar. Pero el verbo renunciar pesa demasiado, me asusta... y tú eres excesivamente grande, es completamente imposible fingir que no existes y apartar mis ojos de ti. Aunque esto me supere y me consuma pelea a pelea, te has encajado dentro de mi pecho y te has adherido a mi corazón con tanta fuerza que no podría arrancarte de él sin sangrar. Solo el hecho de pensarte lejos me hace un nudo en la garganta, me da vértigo.
Pero ya sabes que soy demasiado cabezota, y me he obcecado en que esto funcione... nos quedan infinitos bailes. Sácame a bailar y hazme cosquillas hasta que me duela la tripa de tanto reír, despiértame con besos lentos y dime que fuera está nevando, ven a recogerme en coche y llévame a tu rincón favorito. Desnúdame muy despacio y fóllame a te quieros. Y no me mires así, todavía soy capaz de hacer magia.

La chica de los gatos.

Setenta y cuatro.


Lo he estado pensando minuciosamente, he hecho mil cálculos imposibles en las paredes de mi cuarto media tarde, y la otra media me la he pasado mirando al techo. He llegado a la conclusión de las dimensiones catastróficas del hecho de que algún día te puedas marchar de mi lado.
Sin contar que me dolería muchísimo, más que perder alguna extremidad de mi cuerpo, toda mi vida se vendría abajo... El mundo, tal y como lo conozco, no volvería a ser el mismo. Tendría que deshacerme de todos mis cd's y hacer una hoguera con nuestras fotografías y la mayoría de mis cosas. Tendría que cambiar mi cama, no volver a oler las hojas de un libro y empezar a odiar el otoño. No podría volver a comprarme chucherías, perderme por cualquier sitio, viajar en tren o bailar en el metro. Nunca más sería capaz de escribir, porque inconscientemente lo haría sobre ti... Quizá tendría que mudarme de ciudad, y dejar poco a poco morir esas área del cerebro en la que estás enquistado y que te trae a mi memoria cada vez que cierro los ojos.
Creo que la mejor solución sería cambiarme de planeta, uno pequeño, suficiente para mí. Pero ni por esas... eso de ver amaneceres a cada minuto me recordaría profundamente al pequeño Principito, o a las noches que me arropabas desde el otro lado del teléfono, mientras me hablabas de un cordero que en cualquier momento podría comerse una rosa.
Si te vas, tendré que añorarte.

La chica de los gatos.

Setenta y tres.


Hace tiempo que dejó de haber alegría. No había estremecimiento. No hay nada. Silencio. Miedo. Oscuridad. Y se echa a llorar con rabia. Llora porque no siente lo que le gustaría sentir. Llora porque a veces no hay culpa y no quisieras hacer sufrir a nadie, pero te sientes desagradecida. Preguntas, demasiadas preguntas para ocultar la única verdad que ya conoce. Pero otra cosa es admitirla. Admitirla significa doblar en la próxima esquina y coger otro camino. Luego se busca. Se mira en el espejo. Pero no se encuentra. Es otra. Y piensa en ese final que le falta y que siempre le ha faltado. Ese final que ha buscado como una respuesta que no tenía valor ni para plantearse siquiera a si misma. Ese final a lo mejor ha llegado. Los días pasan lentos, uno tras otro, sin que sean diferentes. Esos días extraños, de los que uno no se acuerda ni de la fecha. Cuando por un instante te das cuenta de que no estás viviendo. Te está ocurriendo lo peor que te podía pasar. Estás sobreviviendo. Y a lo mejor todavía no es demasiado tarde. Luego, una noche. La noche aquella. De repente, vivir de nuevo...
Enciende la radio y apaga todo lo demás. Oscuridad. Suspiros repentinos. Manos que se cruzan, divertidas, ligeras. Desabotonan, buscan, encuentran. Una caricia, un beso. Y otro beso y una camisa que resbala. Un cinturón que se abre. Una cremallera que baja lentamente. Un salto en la oscuridad pintada de oscuridad. Feliz de estar allí... Oscuridad hecha de deseo, de ganas, de ligera transgresión. La más hermosa, la más suave, la más deseable. Coches que pasan veloces por la carretera. Faros que iluminan como un rayo y desaparecen. Ráfagas de luz que dibujan bocas abiertas, deseos suspendidos, sufridos, alcanzados, cumplidos, ojos cerrados, luego abiertos. Y más y más. Como entre las nubes. Excitación, humedad. Abajo y arriba. Subir y bajar. Lento, más lento. Rápido, más y más rápido. Cabellos alborotados. Gemidos, cada gemido suyo era música para sus oídos. Y manos, manos que proporcionan placer. Bocas en busca de un mordisco. Nadie tiene tiempo de reparar en aquel amor que sigue el ritmo de una música al azar. Y dos corazones acelerados que no frenan, que están a punto de chocar dulcemente...

La chica de los gatos.

viernes, 22 de marzo de 2013

Setenta y dos.


Hoy os contaré una historia.
Yo una vez me enamoré. Me enamoré tanto, tanto, tanto que las canciones de amor se quedaban cortas. Me enamoré tanto, que no existía fuerza en el mundo que pudiera hacer que cambiara de opinión. Todo el mundo se enamora alguna vez. Y yo, yo me enamoré de él. Me enamoré de sus detalles, me enamoré de su sonrisa. Me enamoré de nuestras noches infinitas. De su magia. De su ternura. Me enamoré de tantas y tantas cosas que nunca lograré recordarlas todas. Me enamoré de sus manos, de sus besos en la playa. De nuestros planes de futuro. De nuestros viajes en coche. Me enamoré de cada día. De ese momento, en el que hasta la canción más bonita del mundo no podía compararse con nuestros besos, si en ese preciso instante yo hubiera cogido ese tren, supongo que las cosas habrían sido diferentes...
Pero debemos aprender que el amor, como todo, se agota. Algunos dicen que el amor es eterno, y yo no dudaría en decirle ahora mismo "te quiero". Porque lo quiero y lo querré siempre. Pero los besos ya no fueron iguales desde que se fue la primera vez. Y me enamoré de los pros y de los contras. Me enamoré de todo. Hasta que al final, me dolió tanto que nunca más volvería a enamorarme. Recuerdo todo lo mágico que fue. Cuando aparecía en mi cama con mil besos para darme. Y me decía lo bonita que era. Y me decía que me quería y que siempre, siempre estaríamos juntos.
La vida dio como mil vueltas. Y ahora desde aquí, recuerdo la parte bonita de nuestro amor, que el mundo ya tiene muchas cosas feas como para recordar también la parte mala de la historia. En la que me vuelvo egoísta. En la que él me olvida primero. Luego yo lo quiero. Luego yo lo olvido y él me quiere. Luego ya no siento sus besos y vuelvo a planear mi mundo quitando la palabra amor. Ay amor, cuánto te quise. Cuánto nos quisimos. Pero la vida cambia y te sorprende, como dicen muchos. Y ahora busco amor por los bares, aunque no lo pueda llamar amor. Lo busco y no lo encuentro.
Pero no quiero amor. Porque amor, ya tuve de sobra. Y os cuento esta historia porque enamorarse es muy bonito. Y yo lo hice. Y ahora tengo una vida casi nueva. Pero mi historia está aquí conmigo, aunque ya haya sido escrita y pueda escribir miles de historias nuevas. Pero hay cuentos que nunca se olvidan. Y este, es uno de ellos.

La chica de los gatos.

Setenta y uno.


A veces no sé como hacerlo. Me refiero a no pensar, a no activar los mecanismos que harán que mi cabeza no pare ni un segundo. Simplemente dejarme llevar, se torna tan complicado que me llena de ansiedad el simple hecho de imaginarlo; estar tranquila, relajada, disfrutar y sonreír, suena tan absurdo. ¿Qué clase de persona puede conseguir eso realmente en los tiempos que corren? ¿Cómo os lo digo? Quiero salir corriendo, es que da igual en qué lugar me encuentre, con qué personas, al final siempre quiero salir corriendo porque no me encuentro bien, y es que el problema no se encuentra en las personas que me rodean, que, pobres, al fin y al cabo sólo se dedican a quererme...
El problema reside en mi, duerme conmigo, camina conmigo, se ducha conmigo, come conmigo, escucha música conmigo, se masturba conmigo, ríe conmigo, llora conmigo, y me machaca constantemente. Es esa imagen reflejada en el espejo que no soporto, que no aguanto, a la que no puedo mantenerle la mirada más de dos segundos seguidos, no me deja en paz: "Haz esto, haz lo otro, di esto, di aquello, ¿Por qué has dicho eso?, ¿Por qué le hablas así?, ¿Por qué no te vas?, ¿A qué estás esperando? Eres una desgraciada, no sirves para nada, lo estás haciendo mal, das vergüenza, ten cuidado, que no se te note demasiado, das asco, ¿Por qué has actuado así?, ¿Qué cojones te pasa? Ya la vas a cagar, no te va a querer, no vas a poder querer, mira cómo eres, a ti no te va soportar nadie."
Y esa sensación de que tienes ganas de vomitar, de vomitarte a ti misma, de sacar todo lo que tienes y quedarte vacía, sacar esa persona absurda de tu interior que, en el fondo, siempre ha estado y estará ahí, y lo único que quieres es querer con toda tu alma, porque no puedes evitar ser como eres, no puedes evitar joder todo lo que tocas, no puedes callarte, no puedes simplemente ser normal... Y es que, como dice la canción, siempre has sido los dos polos opuestos de un mismo imán...

La chica de los gatos.

Setenta.


La vida se relaciona por las casualidades, aunque como dicen muchos, las casualidades NO EXISTEN... Puedo empezar a hablarte de la física. De la corriente continua. Tus dedos en los míos. De tus electrones en tus huellas dactilares, por ejemplo. Aunque yo sé muchas cosas, aunque tú sepas más que yo. Y sé, que tú eres más de corriente alterna. Hoy puedes besarme, y mañana puedes olvidarte de mi... Pero bastan un par de fórmulas para convertirme en besos sin que te olvides de mi. Ya sabes, puedo hablarte, del tiempo, de la intensidad o de la tensión.
Y entonces pasamos a la química. A la materia... Al fuego lento. Y podemos tener química transformando la energía de tus ojos. Y ya tenemos a química y la física. Y la corriente en tus manos. Y las reacciones en tus labios. Y cambia corriente por locura y llévame a volar un rato. Porque la locura transitoria, es transitoria, ya sabes. Y mañana, puede acabarse. Aunque sabes que no.

La chica de los gatos.

Sesenta y nueve.


Según la Real Academia Española...
LOCURA:
(De loco)
1. f. Privación del juicio o del uso de la razón.
2. f. Acción inconsiderada o gran desacierto.
3. f. Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa.
4. f. Exaltación del ánimo o de los ánimos, producida por algún afecto u otro incentivo.
Y tú seguirás haciéndote el cuerdo, mientras yo te persigo por todas las calles de esta ciudad. Y en cada esquina, ahí estaré yo. Siempre con mi mejor sonrisa. Y tú te reirás, como siempre, como nunca. Y preguntarás: "¿Otra vez tú?" A lo que yo responderé: "¿Y quién si no?" Y pim pam, sin poderlo remediar...
Como quisiera hacerte el amor... En una noche cualquiera, un cigarrito y una canción. Me empieza a picar todo el cuerpo. Quiero conducir desnuda, entrar de incógnita en una secta y, estando borracha, quiero tatuarme tu nombre en el culo. Sin prisa, pero sin pausa. Tengo un problema con mis emociones: cuando llegan, toman todas las decisiones... ¿Te quieres casar conmigo? Ya sabes de qué manera mando a la mierda mi auto-control...
Quiero tú. Quiero CONTIGO.
Y me muero por saber de qué color se volverían tus ojos si apago la luz. Y pim pam, sin poderlo remediar.

La chica de los gatos.

Sesenta y ocho.


Tú no me necesitas. Tú necesitas tu tabaco, tu orgullo y tus conquistas para ganar autoestima. Tú quieres una chica que solo haga lo que le pidas, no buscas amor y mucho menos enamorarte. Tú piensas que la vida no necesita sentimientos, que se trata de sobrevivir sin ellos. Tú adoras que te besen el cuello y te acaricien el pelo, pero eso sólo lo sé yo, porque no tengo orgullo, ni fumo, ni te beso los pies, porque para mi el amor es el noventa por ciento del vivir y el otro diez por ciento es relleno. Te encanta que te mire disimuladamente mientras tú te muerdes la lengua para no decir nada, pero de eso sólo se dará cuenta quien llegue a quererte. El problema es que no te dejas, y a mi ya no me quedan ni ganas ni tiempo para llegar a ti.

La chica de los gatos.

Sesenta y siete.


Se conocieron en la era digital, 2011, en una plataforma digital, Facebook, en una pantalla digital, iMac, pero sus corazones eran analógicos. Y sus bocas y sus suspiros no podían ser traducidos a un código binario, a un idioma de ceros y unos. Dicen que las máquinas nos comerán y acabaremos convertidos en animales digitales, pero nunca sucederá eso. Las sábanas no se empapan por tormentas de ideas en foros cibernéticos sino por la fusión de dos deseos que chocan frontalmente sobre la superficie de un colchón. No se puede escanear un abrazo, ni darte a la tecla ESC cuando los malentendidos te llenan el corazón de dudas, y el dolor no se puede meter tampoco en la bandeja de salida. Todo esto les pasó. Se conocieron en digital, se amaron en analógico y cuando comenzaron a discutir decidieron regresar a sus teclados. Pero pronto lo entendieron y lanzaron el ordenador por la ventana: el antivirus del amor es más amor.

La chica de los gatos.

Sesenta y seis.


- ¿Te gustan más los hombres que las mujeres?
- ¿En general dices? Nooo... de que sexo sea en realidad me da igual, es lo que menos me importa, me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar, es igual que con las drogas... A mí no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda; bueno, no es que no me atraigan, claro que me atraen: me encantan, pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer... Conocer, poseer, dominar, admirar... La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes, ¡hay que follarse a las mentes!

La chica de los gatos.

jueves, 21 de marzo de 2013

Sesenta y cinco.


- Sabes que no me quieres, ¿verdad?
- Claro que lo sé, ¿por qué?
- Es que hay veces que me miras de forma diferente y parece que se te olvida.
- ¿De forma diferente? ¿Cómo?
- Como si quisieras compartir conmigo el resto de tu vida, comidas familiares, mañanas de domingo bajo las sábanas, viajes por sorpresa, tardes de cine y palomitas, noches y noches hablando por teléfono, todas esas estupideces que les gusta prometerse a los enamorados.
- Sabes que nosotros no somos como ellos.

La chica de los gatos.

Sesenta y cuatro.


No soy la chica que buscabas. Por la mañana mi aliento no huele a fresa, duermo con los calcetines puestos y hay días en los que llego a roncar. El mejor desayuno que te puedo hacer es un Nesquick con magdalenas. No sé cocinar mucho y tampoco quiero aprender. No doy masajes, pero puedo hacerte cosquillas por la espalda, soy capaz de tirarme horas haciéndote cosquillas por la espalda.
Tengo cosas buenas, sí, pero también tengo cosas muy malas. No siempre me peino y no siempre me voy a poner mi mejor ropa interior para quedar contigo. No voy a sacrificar a mi gente por ti, pero en cambio no te haré sacrificar a tu gente por mí. No sé escribir muy bien, tengo mis fallos. No escucho la mejor música del mundo, y lo sé, y no me importa. Intento hacer las cosas que me da la gana, y no voy a hacer nada por intentar parecer más interesante... No estoy dispuesta a humillarme por cometer tus fantasías sexuales, o quizás sí, pero solo si me sabes convencer. No te prometo que te vaya a hacer reír todos los días, pero sí que te prometo que voy a intentar no hacerte llorar y si no lo consigo, te prometo que estaré ahí para consolarte y si no te consuelo, lo siento, soy así. Puede que cambie cosas por ti, pero no te aseguro nada.
Sólo te aseguro que quiero que estemos ahí. No todo va a ser fácil, ni bonito, pero va a ser. Vamos a ser. No me buscabas y yo a ti tampoco, y las mejores cosas solo se encuentran cuando no se buscan. Nunca seré la mejor del mundo y tú nunca serás el mejor del mundo. Seremos nosotros, que es mucho más.

La chica de los gatos.

Sesenta y tres.


No hace falta que me digáis eso de que perdéis la cabeza por eso de que sus ojos, ya sé de sobra que tiene esa sonrisa y esas maneras y todo el remolino que forma en cada paso de cada gesto que da. Pero, además, lo he visto ser él mismo, y en serio que eso no se puede escribir en un poema... Por eso, eso que me cuentas de que "míralo cómo bebe las cervezas y cómo se revuelve sobre las baldosas y qué fácil parece a veces, a veces, enamorarse"; todo eso de que él puede llegar a ser el puto único motivo de seguir viva y a la mierda con la autodestrucción, todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos  y me dijo su nombre.
Pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que él aparezca de golpe y de frente para decirte "venga, hazte un peta y me lo cuentas", no sabes lo que es despertarte y que él se retuerza y bostece, luego te abrace y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo. Así que supondrás que yo soy la primera que entiende el que pierdas la cabeza por sus ojos y el sentido por sus palabras y todo lo demás por un mínimo roce de mejilla, que las suspicacias, los disimulos cuando su culo pasa, las incomodidades de orgullo que pueda provocarte son algo con lo que ya cuento.
Quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada, que hace tiempo que escribo los míos, que yo también lo veo, que cuando él cruza por debajo del cielo solo la tonta mira al cielo; que sé cómo agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio superior, que conozco su voz en formato susurro y en formato gemido y en formato secreto, que me sé sus cicatrices y en el sitio que le tienes que tocar en el este de su pie izquierdo para conseguir que se ría, y me sé lo de sus rodillas y la forma de rozar las cuerdas de una guitarra. Que yo también he memorizado su número de teléfono, pero también el número de sus escalones y el número de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías.
Que no solo conozco su última pesadilla, también las mil anteriores y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada, porque tengo más deudas con su espalda de las que nadie tendrá jamás con la luna, y mira que hay tontos enamorados en este mundo. Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente él, rendido a ese puto milagro que supone que exista, que lo he visto volar por encima de poetas que valían mucho más que estos dedos y lo he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que le puso el camino y lo he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me hablen de paisajes si no han visto su cuerpo. Que lo de "mira, sí, un polvo es un polvo" y eso del tesoro pintado de rojo sobre sus lunares y solo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre.
Que te entiendo, que yo escribo sobre lo mismo, sobre el mismo, que razones tenemos todos pero yo muchas más que vosotros.

La chica de los gatos.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sesenta y dos.


No teníamos dinero para el hotel pero decidimos que esa noche había que vivirla a lo grande, sabiendo que hay noches que nunca vuelven. Nos fuimos al mejor hotel de la Gran Vía de Madrid y encargamos 4 benjamines de champán y fruta. Hicimos el amor como siempre, es decir, como nunca. Él era único. Sus besos tenían algo de alas de pluma. Él era de algodón, era una ducha a pelo sol. Era necesario.
Por la mañana bajamos sin hacer ruido. Esperamos a que en el lobby hubiera mucho tráfico para salir corriendo. Me acuerdo de la policía viniendo a mi casa meses después exigiendo que pagáramos el hotel, mi compañera de piso lo hizo con gusto. Ha pasado el tiempo, concretamente 30 años desde aquella noche en que tú tenías 31 y yo 30, y sigues a mi lado. Aun te veo pasar por la casa flotando de una habitación a la otra, oyendo tu respiración por la noche. Y aunque como dije, hay noches que nunca vuelven, te amo tanto que me parece que nunca llegamos a salir de aquel hotel...

La chica de los gatos.

sábado, 16 de marzo de 2013

Sesenta y uno.


Cuanto más sabes sobre alguien, más deberías quererlo. Pero casi nunca es así porque la confianza acaba dando asco. Empiezas a descubrir los defectos de la otra persona y esa otra persona descubre que tú también tienes lo tuyo. Son muy pocos los que son capaces de ver la paja en su propio ojo antes de ver la viga en el ajeno. En lo primero que piensa la mayoría es en sí mismo. "¿Por qué voy a compartir mi vida con alguien que tiene cosas que no me gustan? Me merezco algo mejor".
Así nos pasamos la vida buscando a alguien que sea como nosotros queremos que sea. Y lo que va a ocurrir es que lo único que vamos a encontrar al final es a nosotros mismos, solos. Será entonces cuando nos demos cuenta de que no sabemos estar solos y que quererse y odiarse, a veces a partes iguales, es mucho más divertido. Como las protagonistas de Gossip Girl, que tan pronto se matan, como son las mejores amigas del mundo. Aunque en este caso no sé quién sería la descarada que se lía con todos y quién la recatada de las cintas en el pelo.

La chica de los gatos.

viernes, 15 de marzo de 2013

Sesenta.


El amor nos destroza. Yo lo sé y tú lo sabes. Pero cuando se pierde el amor, puedes encontrarte realmente perdido. Y no lo digo porque yo lo haya perdido, lo cual puede ser un hecho innegable, sino porque el amor, como dicen los libros, es lo que tiene... Un día te enamoras y al otro tienes las pupilas más grises que la autosuficiencia fallida en domingo. No quiero decir nada importante, ni pretendo que lo que escribo sea bonito. No pretendo cambiar el mundo, aunque me encantaría. Sólo escribo en lo que me acuesto pensando la noche anterior. No sé ni cómo escribirlo porque admito que mis textos son todos parecidos pero, ¿acaso tu vida es diferente cada día? No lo creo. Y no creo que existan muchas formas de escribir sobre amor. O sobre sexo. O si estamos en Mayo y se pone a llover. O si la protesta por este mundo asqueado crece por momentos en el centro de la ciudad. Puede haber muchas formas de entenderlo, pero sólo una de escribirlo.
Puedo decir que hay noches, que en mi cama, hace más calor que en cualquier rincón de Mercurio. Confieso que debería poner un pie en la tierra de vez en cuando, pero también admito que lo estoy intentando. A veces creo que la gente no cree en mí. Sé que me cuesta un poco más, porque aunque no sepa mucho sobre la historia del mundo, sé un poco sobre la vida. Sé que, después de que te destroce el amor, pasados casi cien domingos de autosuficiencia, vienen las ganas y llaman a la puerta.
Entonces piensas que, o es el día que tiene una nube de más o es que te apetece tener un poquito de amor. Y teorizas un poco tu vida, intentas aprender un poco de cada error. Le pones empeño aunque nadie se de cuenta. Y eso es lo que te falta.
Alguien que te acompañe en cada paso y te ayude en cada intento. Alguien que esté al corriente de tu esfuerzo y te recompense con un beso. O con mil. Ya sabes, como lo hacías tú.

La chica de los gatos.

jueves, 14 de marzo de 2013

Cincuenta y nueve.


A veces pasan unos meses y te olvidas de que estuviste tardes destrozada en el sofá, como un puzzle que se estrella contra el suelo, y ya apenas recuerdas el día que lloraste tanto que pensaste que te ibas a deshidratar, borras de la memoria todas las huidas una por una. Pasa el tiempo y solo te acuerdas de que sentías, para bien o para mal pero sentías. Aparentemente los momentos buenos compensaban y bla, bla, bla... Y recaes en una situación en la que te juraste no recaer. Y vives una última noche como si nada. Pero tarde o temprano tienes que despertar, y te viene a la mente como un flash la lección aprendida: "Que da igual lo que digas o hagas, si algo va mal irá mal". Las siete en punto de la mañana, hora de abrir la persiana, ahí fue cuando realmente abrí los ojos. He intentado renunciar a ese "nosotros" y es especialmente complicado, sobre todo cuando me recuerdo tiritando entre tus manos como si fuera a romperme en cualquier momento pero... A pesar de todo intento seguir entera.

La chica de los gatos. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Cincuenta y ocho.


Ella pidió un licor. Él un café, solo. Ella pagó su consumición y se sentó en una mesa que daba a la calle, él imitó sus movimientos. El reloj de ambos marcaba las ocho y cuarto, y fuera, en el mundo real, seguía lloviendo. Ella clavó sus ojos en él, él apartó la mirada. Él musitó algo, ella pareció no escucharlo. Un breve silencio bailó entre los dos cuerpos hasta que ella se decidió a romperlo.
-Quiero que lo intentemos- balbuceó entre tímidas sonrisas.
-¿Que intentemos qué, loca?- soltó una carcajada agria y acto seguido bebió un trago- Si ni siquiera me conoces.
-Sí, claro que te conozco. ¿Por qué dices eso? Sé que estás solo desde hace tiempo, y que lo detestas. Sales de trabajar a las ocho, tomas algo en esta cafetería y deseas que el tiempo se consuma rápido, muy rápido, porque te da miedo volver a casa y no encontrar a nadie entre las sábanas- respiró, dio un pequeño sobro al licor y limpió sus labios lentamente con una servilleta-. Sé que tienes miedo de levantarte de madrugada y ahogarte en el silencio de una casa que cada día te parece más y más grande. Sé que crees que la vida no puede dar más de sí y que te limitas a ver pasar trenes, sin subirte a ninguno.
-¿Hablas de mi o de ti?
-De los dos. Tú estás solo, yo estoy sola, ¿qué más tengo que saber?

La chica de los gatos.

martes, 12 de marzo de 2013

Cincuenta y siete.


Tengo habilidad, sí, tengo voluntad para respirar fuerte mientras pueda, a pesar de que me robes todo el aire. Me has vuelto a hablar y he vuelto a sentir el nerviosismo en estado puro, eres tú, soy yo, es lo que siempre he querido sentir, nunca he cometido tantas gilipolleces por querer a alguien y contigo no puedo parar de hacerlo continuamente, se está convirtiendo en costumbre, me estoy acostumbrando a quererte... Yo te llevo donde tú quieras ir, dame la mano, toma, siente como la mía se agarra fuerte a la tuya, ¿tú también lo notas? Dime que si, me muero porque me digas que si, déjalo todo, vente conmigo, no quiero cambiarte, me gustas tal y como eres, vas a seguir con tu mundo desordenado, y yo no quiero ordenarlo, lo quiero así tal y como es. Dime si soy yo o es que nada cuadra... Necesito respuestas, tengo miles de preguntas que hacerte y no tengo tiempo que perder en escuchar lo que le tengas que decir a la gente... Sólo quiero escuchar un: "Eres lo mejor que me ha pasado". Y ya no llueve, no, porque ahora estás aquí y hace sol, mucho sol. Siempre habrá alguien buscándote, pero siempre seré yo la que más cerca tuya esté. Y entonces saltaré contigo a donde haga falta, no me importa si es a tu lado, en ese puente que dices, en cualquier puente del mundo... si no hay, los inventaré para que estés cómodo, ¿quieres ruido? Yo lo fabrico, dime que quieres, lo busco y te lo doy. Rápido, pídelo, no pierdas tu tiempo buscando sentido a algo, seguramente nada lo tenga, venga dime, dime que quieres empezar algo, yo siempre estaré aquí.

La chica de los gatos.

lunes, 11 de marzo de 2013

Cincuenta y seis.


Me pongo tacones, falda y escote para conocerte. Me cortaré el flequillo solo porque a ti te pica la curiosidad de saber como me queda. Gano el campeonato del mundo de tu juego favorito, porque he aprendido a jugar a escondidas en la única mesa gratuita del colegio. Sé que tipo de chico eres. Sé que te quitas los zapatos cuando es cuesta abajo y te los pones cuando es cuesta arriba. Sé que, aunque te conocí con corbata, no te gustan las corbatas. Sé que estás leyendo esto pero no lo vas a reconocer...
No me da miedo dormir en el peor motel del país si así consigo que duermas tranquilo. No volvería, si no eres tú el que me paga el viaje. Te encantaba bailar y nunca te ha dado asco la sangre y sabes que es mejor compartir el colchón más mugriento que haya. Cuando formamos el equipo entre los dos y tú te pones las botas de fútbol, no hay quien pueda con nosotros.
Nos va a poder la falta de paciencia, ya me sé yo la historia, tú vendrás a despedirte y a mí me joderá que te vayas. Aún así, seguiré estando orgullosa de destruir todo lo que tengo por empezar algo a tu lado.

La chica de los gatos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Cincuenta y cinco.


Entonces voy a buscar esa película en blanco y negro que ha durado dos años. Toda una vida. Esas noches pasadas en el sofá. Lejos. Sin conseguir darme una explicación. Arañándome las mejillas, pidiendo ayuda a las estrellas. Fuera, en el balcón, fumando un cigarrillo. Siguiendo después ese humo hacia el cielo, arriba, más arriba, más aún... Allí donde precisamente habíamos estado nosotros.
Cuántas veces he nadado en ese mar nocturno, me he perdido en ese cielo azul, llevado por los efluvios del alcohol, por la esperanza de encontrarlo otra vez. Arriba y abajo, sin tregua. Por Hydra, Perseo, Andrómeda... Y abajo, hasta llegar a Casiopea. La primera estrella a la derecha y después todo recto, hasta la mañana. Y otras muchas. Y a todas les preguntaba "¿Lo habéis visto? Por favor... He perdido mi estrella. Mi isla, que no existe. ¿Dónde estará ahora? ¿Qué estará haciendo? ¿Con quién?". Y a mi alrededor, ese silencio de esas estrellas entrometidas. El ruido molesto de mis lágrimas agotadas. Y yo, estúpida, buscando y esperando encontrar una respuesta. Dadme un porqué, un simple porqué, cualquier porqué. Pero qué idiota. Ya se sabe. Cuando un amor se acaba se puede encontrar todo, excepto un porqué. 

La chica de los gatos.

jueves, 7 de marzo de 2013

Cincuenta y cuatro.


Hace un par de años leí una revista en la que hablaban de que gran par de los problemas de las parejas residen en los ideales que se tienen. Se refería a los ideales del amor que esta sociedad va clavando en nuestro subconsciente desde que nacemos. Los mensajes del tipo "fueron felices y comieron perdices", el ansiado príncipe azul y los cuentos infantiles sobre el amor eterno (que puede serlo pero no es usual) han hecho mucho daño, porque poco o nada tiene que ver con la realidad del amor. Vivir en el idealismo supone una dictadura horrible para nuestras parejas, cuando les exigimos que cumplan constantemente con nuestros inalcanzables ideales y posteriormente les culpamos de nuestras decepciones, aunque la decepción real sea con las expectativas que uno tiene. Preferimos un amor asistencial, que nos llene de atenciones, a tratar de construir mano a mano un lugar que compartir. ¿No es triste?

La chica de los gatos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cincuenta y tres.


Procura vivir. Deja los recuerdos para los viejos. Quizá el amor nos hace envejecer antes de tiempo, y nos vuelve jóvenes cuando pasa.
Por eso escribía antes. Para transformar la tristeza en nostalgia, la soledad en recuerdos. Para poder seguir adelante cuando me contase a mí misma la historia. De repente estaba menos niña. Y me brillaban los ojos. Quería escucharle. Quería ver cómo pensaba. Porque ya me había quemado una vez, pero no me importaba repetir la dosis.
Es necesario correr riesgos. Solo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado. Todos los días podemos cambiar todo aquello que nos hace infelices.
Tratamos de engañarnos pensando que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Puede ser el momento en que metemos la llave en la puerta al volver a casa. Quien no esté dispuesto a correr riesgos puede que no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero cuando mire atrás (cosa que siempre hacemos) oirá que el corazón le grita que ha desperdiciado su vida. Los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado. Podrían haberle explicado en ese momento que necesitaba salir corriendo. Podría. Pero en una fracción de segundo cambié de opinión. No sabía nada de su vida, pero sonrío. Respiré hondo, a fondo. Todo el aire que me cabía en los pulmones. Inspiré, me inspiró, podía leerle los ojos. Nadie logra mentir, nadie logra ocultar nada cuando mira directo a los ojos. De repente, la vida me había dado la vida...

La chica de los gatos.

martes, 5 de marzo de 2013

Cincuenta y dos.


No tengo los ojos azules, sino marrones. Soy incapaz de estarme quieta, hablo mucho y me enfado deprisa. Lloro por cosas inútiles y me doy cuenta tarde. Escribo frases en cualquier hueco que vea, cosas importantes para acordarme de ellas o cosas insignificantes. Con el tiempo te darás cuenta de que soy algo caprichosa y borde, para que negarlo. Soy algo vergonzosa, bueno, depende de la situación. Escribo siempre en la arena cuando voy a la playa, y la cojo y la dejo caer lentamente, quizás sea por el hecho de que todo tarde o temprano se acaba. Soy de las que cuando tienen un día malo lo pagan con la persona equivocada. De las que cuando están mal y dicen "quiero estar sola" lo que de verdad quieren es que estén a su lado. De las que van con el miedo a fallar por dentro, pero aún así se entregan al máximo. De las que escriben su nombre en los cristales empañados y luego lo borran. De las que no se entienden ni ellas, pero saben lo que quieren. De las que son capaces de dejarte sin respiración con la risa en tus peores días. De las que les entra la risa tonta en momentos serios. De las que les encanta hablar con sus amigas y llegan tarde a casa porque se entretienen demasiado por el camino. De las que odian a los pajaritos. De las que buscan magia en las palabras. De las que la música las transporta. De las que siempre encuentra una cosa buena en cada persona y miles de defectos. Der las que eso de disimular no se les da bien. De las que se pasan la vida comprando ropa, sabiendo que los mejores momentos se pasan sin ella. De las que siempre se preguntan el por qué de las cosas. De las que tropiezan mil veces con una piedra pero se levantan. De las que dicen la verdad, de las que se mojan. De las soñadoras. De las optimistas. De las realistas.
También soy de esas que de pequeña era un cielo y de mayor contesto, también de esas que salen de fiesta para olvidarse por un instante de la realidad, de las que se ríen en los peores momentos, de esas que le gustan las chuches, los helados y odian las judias.
Si lo piensas bien no soy tan complicada, ni nada del otro mundo.
Soy de las típicas personas que pasan los pasos de cebra saltando las rayas, de las que miran al cielo solo por buscarle formas. No soy de las que ve el vaso medio lleno, porque no creo que exista ningún vaso, y si lo hay, siempre me preguntaré por qué un vaso y no una copa.
Me considero del grupo de personas que se ríe sin saber por qué, que cantan en la ducha pero siempre lo niegan. Admito que soy de las que digo, "Ahora voy", "nunca me enamoraré", "acabo en un segundo" y nunca lo cumplí...
Yo vivo cada día como si fuera el último, no me importa lo que digan, porque no vivo de los demás. Me he caído muchas veces, tal vez demasiadas, pero aquí estoy, de pie y con la cabeza bien alta. Soy la persona más pasota que te puedes encontrar, muchas personas dudan de si tengo sentimientos, pero detrás de un cuerpo siempre hay un corazón. Me conocerás por ser alguien que casi siempre suele decir las cosas a la cara, sea lo que sea y duela lo que duela. Muchas veces me llaman puta o zorra, así que si quieren que lo sea, lo seré con una condición: Que después no se quejen de lo que ellas mismas han creado.

La chica de los gatos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Cincuenta y uno.


- Y mírate joder, reacciona.
- Eso es lo que quiero, reaccionar, pero tú aún estás tan cerca...
- ¡Mírame ahora! ¿Crees que siempre estaré aquí?
- No.
- ¿Y a qué esperas? Los milagros no existen. Yo algún día me iré, volaré lejos de ti, algún día dejaré de quererte.
- No quiero que lo hagas...
- Yo no creo que pueda hacerlo, pero quiero creer que soy capaz de vivir sin ti.

La chica de los gatos. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Cincuenta.


Soy de las que con casi 18 años les gusta sentarse a escuchar como la gente mayor cuenta la historia del exilio en México, de cómo salieron las arrugas antes de tiempo, de la morriña que gangrenaba el corazón, de una batalla perdida por la libertad, del reencuentro con una tierra que huele a mar. Soy de las que siempre ven el lado romántico de la historia, ese que no cuentan en los libros, de las utopías, de las ilusiones efímeras. De las esposas que no dejaron de esperar cartas que venían del frente, de las viudas que nunca pudieron volver a empezar, de las madres que no cesaron de llorar, de las que cayeron y de las que sobrevivieron pero nunca volvieron a vivir...
De la bandera republicana ondeando en algún rincón del corazón. Del bando perdedor. Soy de Dylan avisando de que los tiempos estaban cambiando, de las cenicientas que barren la calle de la desolación. Soy de Serrat pidiéndole a su padre que le cuente otra vez la historia de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia, de las que cantaron Al Vent, de Paco Ibáñez poniéndole desde Francia música al arma de la poesia, de Aute aquella noche al alba que temía de madrugada, de los trovadores, poetas con guitarra. De Sabina cantándole a su rosa de Lima, de la dama de poncho rojo que vive en el Boulevard de los sueños rotos, del hombre del traje gris, de la chica que está casada cuando regresas a Madrid, del robado mes de Abril, de las canciones de amor que no quisiste. Del niño con granos que observa desde una esquina a su chica siempre bailando con otro...
De Calamaro, de Soledad, Esperanza e Inmaculada coleccionando mariposas tristes, de Alfonsina y el mar, de la chica del paraguas. De Quique y los que bailan en quimeras y no esperan en la orilla, de carreteras que desembocan en puertos de los que zarpan barcos que nunca se cogen. De Carlos Tarque preguntando ¿dónde está la revolución? Soy de los Rolling y los Beatles a partes iguales. De las que rescatan del desván los polvorientos vinilos de Simon and Garfunkel y se estremecen con la voz de Janis Joplin. Soy de las que escuchan por teléfono cada noche una voz que está a doscientos kilómetros y luego, se meten solas entre sábanas demasiado frías como para conciliar el sueño, de las que echan de menos pero no buscan calor en camas ajenas.
De las que se cruzan a nado el océano por un beso más. De las que cogen autobuses que les rompen el corazón. Soy de las que se pierden por el mundo pero vuelven a casa por Navidad, de los cafés a las cuatro de la tarde en el bar de siempre con la gente de siempre, del frío del norte, de la playa desierta en Diciembre, de la luna llena que se esconde detrás de las nubes, de la Ciudad de Cristal bañada por el mar, vestida de blanco y azul, vestida de blanco y azul, de los equipos que bajan a segunda y siguen teniendo la mejor afición. Del olor a mar cuando vuelves a casa, de la salitre en el pelo, de los marineros que naufragaron en la vida. De los músicos del metro, de los poetas fracasados, de los artistas callejeros, de las personas pequeñas que hacen cosas grandes...
De las que no tienen dios pero si bandera. Soy de los padres que todavía sueñan con subirse a un escenario mientras le tocan canciones con una guitarra desafinada por los años, en el salón de su casa, a los dos amores de su vida. De las madres que lloran con esa canción. De los hermanos pequeños a los que quieres tanto que hasta te duele. De las que se dejan la piel, de las que se quedan hasta el final, de las causas perdidas, de las fotos viejas que abren las viejas heridas. Soy de las personas, no de los partidos. De esas que tomaron la Puerta del Sol en pleno siglo XXI. Soy de la libertad y de los sueños que siguen existiendo en el corazón de los que aún tenemos corazón.

La chica de los gatos.

viernes, 1 de marzo de 2013

Cuarenta y nueve.


Mis padres se conocieron a los 17 años.
Ella era una niña bien con camisita y canesú, que escuchaba a Los Pecos y en vez de puntos ponía corazones encima de la letra "i". Él era un macarrilla del tres al cuarto motorizado, con chupa de cuero, guitarra a cuestas y con el sueño de formar parte de una banda de Rock and Roll. Su juventud... bueno, su historia de amor transcurrió durante los mitificados años 80 y todo lo que ello conlleva. La muerte de Franco hizo estallar los deseos de libertad de la juventud española, lo que acabó convirtiéndose en la movida con iconos como Alaska o Almodóvar. Los Sex Pistols cantaban "Anarquía" en el Reino Unido, John Lennon era asesinado, el sida es extendía por todo el mundo, los Stones lanzaban "Start Me Up" y en España, se legalizaba el partido comunista. El mundo giraba y giraba entre amenazas de ataques nucleares en plena Guerra Fría y el afloramiento de la cultura underground.
Mientras tanto, dos jóvenes veinteañeros se enamoraban en una pequeña ciudad bañada por el mar al norte del país. Mi madre siempre me cuenta que mi padre le escribía canciones en servilletas de papel para aparecer una noche cualquiera cantándoselas debajo de su ventana; esas servilletas de papel, guardadas todavía en una cajita de madera, son su tesoro más preciado... La transición española se veía amenazada por el 23-F y también su amor se veía amenazado, pues los padres de una niña bien no aceptaban que esta fuera detrás en una moto, ni fumara canutos en los antros de la ciudad. Mi padre había logrado su sueño y tocaba una Strat de segunda mano en una banda de Rock and Roll tan del tres al cuarto como él...
El día que mi abuela le prohibió a mi madre volver a verle coincidió con el día del primer concierto de mi padre, en un garito llamado La Cueva que ya no existe en la actualidad. El concierto llevaba media hora empezado cuando mi madre consiguió fugarse de casa, y estaba acabado cuando apareció por la puerta del garito. Fue en ese momento cuando mi padre agarró su guitarra, se volvió a subir a la pequeña plataforma que hacía de escenario y preguntó: 
"¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?"
Nueve años después, nací yo.

La chica de los gatos.