jueves, 7 de febrero de 2013

Treinta y cuatro.


Si alguien me hubiera dicho que iba a sentir esto por ti... me lo habría creído. Siempre me pasa igual, siempre caigo, siempre me enamoro hasta las trancas, sufro, paso de todo y llega otro. Pero eso no te hace menos especial. Eso no hace que te odie menos cuando tienes ese hijoputismo en el que te da por pasar de todo, incluido tú... incluida yo. Tampoco hace que piense menos en ti por las noches. Te sueño y te imagino. Imagino como me recoges en la estación, lo que nos decimos, las primeras vergüenzas, las primeras miradas de deseos, nuestras vaciladas, llagar a tu casa y comernos, poco a poco, porque no hay prisa...
Jugar piel con piel, luego terminar con una sonrisa de satisfacción, luego reírnos de nuestras tonterías y ocurrencias tan instantáneas como absurdas y luego comernos una y otra vez, bebernos, lo que sea pero contigo, juntos. ¿Sabes qué es lo único que no soy capaz de imaginar? La despedida. No soy capaz de imaginar qué te digo cuando me voy, o qué me dices, en que quedamos, si es que quedamos en algo, claro... Pero bueno, es lógico soñar despierta solo con las cosas bonitas, ¿no?

La chica de los gatos.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Treinta y tres.


Me resbala si follas o fallas. Si estudias o prefieres trabajártelas. Si odias los domingos o si cuentas por ahí que yo estaba loca por ti. Si eres victoria o fracaso. Si te sigue faltando cerebro o te sigue sobrando de ahí abajo. Si bebes para divertirte o para olvidarte. No me han quedado cicatrices de la ostia que me pegaste, ni lugares, ni paisajes. Ni canciones que recordar, ni canciones para recordarte. He aprendido la lección bien aprendida a base de palos y no me han quedado ganas de volver a verte, ni de noches, ni de mañanas, ni de coches. Porque las ganas y la complicidad ardieron en el infierno. Y no me han quedado ganas de ti en general. Sólo una indignación que se parece a la resaca de los domingos y un poco de odio hacia todo lo que tenga que ver contigo.
Nunca fui tu amiga, pero aún así, soy una de las mejores cosas que han pasado por tu vida, demasiado buena para un amante de las mentiras. Y cuando llegue el día en el que hagas un repaso de tu lista y sientas ese no se qué porque yo ya no estoy en ella, me verás a años luz de esa pesadilla.

La chica de los gatos.

martes, 5 de febrero de 2013

Treinta y dos.


Estaba tumbada en la cama, mirando absorta algún punto fijo entre las grietas del techo, mientras la persiana a medio bajar coloreaba en su tripa lunares de luz.
Tenía una estantería llena de libros viejos y empolvados, algunos los había leído y de otros simplemente había ojeado las ilustraciones. También tenía un viejo tocadiscos y una colección de fotografías enganchadas a hilos que colgaban de una pared a otra. Tenía recuerdos y motivos por los que vestirse, pintarse los labios de color rojo y acabar con su destierro del mundo, sin embargo no tenía ganas y tampoco te tenía a ti... Ésta última idea le consumía poco a poco, al tiempo que sus cigarrillos también lo hacían entre sus dientes. Los días se iban sucediendo uno a uno, como obra de teatro vulgares. Cada media noche el telón caía y ella aplaudía entre sollozos, a tientas, destrozando el silencio.
Llovió mil veces y nevó mil veces más, el contestador se llenó de mensajes hipócritas y palabras vacías... y M se llevó una terrible decepción al hallar sus propios latidos aun correteando por su pecho la mañana número 137... Se acostumbró a su propio dolor, aprendió a aceptarlo... lo acariciaba. Era suyo, más de lo que cualquier otra cosa lo había sido en su vida. Se quedó ahí mucho tiempo, inerte, acostada con su dolor, abrazada a él con las piernas enredadas, con los pies fríos y con los labios secos.

La chica de los gatos.

lunes, 4 de febrero de 2013

Treinta y uno.


Solo recuerda la intensidad de esa mirada. Esos ojos que ponen la zancadilla y le hacen tropezar, los que pararon el mundo, su mundo, e hicieron desaparecer cualquier dimensión. Esos ojos que una noche se tragaron sus dudas, atrapándola a ella.
Dio un paso hacia delante, sus cuerpos estaban cerca, tan cerca que podía notar como se aceleraba su respiración y su corazón latía cada vez más fuerte. Cada vez que él la miraba, las piernas de ella perdían su fuerza y le hacían dan un traspiés, como si fuera premeditado, para crearle la necesidad de agarrarse a algo y que él la abrazara. Ahora sonríe con ternura al recordar esos primeros momentos de cercana intimidad, que firmaron su condena eterna... Y recuerda con nostalgia la agradable sensación de sentirse rodeada por sus brazos, esos brazos capaces de las caricias más dulces y los arrebatos de pasión encendida que sacaban sus instintos más salvajes. La imagen de ese cuerpo torneado a la fuerza de locura al sol, aún hace que ella se sonroje y sienta ese familiar escalofrío recorriéndole la médula.
Y en sus fantasías más oscuras siempre aparece él, con esa media sonrisa dibujada tímidamente que, aún siendo tímida, esconde siempre oscuras intenciones, la picaresca que con sólo una palabra, un susurro o una mirada hace que ella se convierta en su fiel esclava. Porque aún no sabe como lo consigue, por mucho que ella se proponga escapar de sus temibles garras de cazador de amantes, acaba cayendo en la trampa voluntariamente, se deja cazar y domesticar, porque es incapaz de renunciar a cualquier segundo de sus besos.
Y haga lo que haga, piense lo que piense, siempre vuelve a esos ojos. Oscuros, serenos, profundos, los que la volvieron sorda y ciega para el resto de miradas. Y ahora no se despierta en la noche empapada en sudor solo por ellos, ahora son sus manos, su firme abrazo, sus besos, la forma en que él coloca la cabeza en su cuello y simplemente se queda respirando, atrapando su aroma, como si él también se hubiera vuelto esclavo y quisiera retenerla hasta que el sol rompa el encanto de la oscuridad...
Y desde entonces se buscan, corren por líneas paralelas, se cruzan, desaparecen y vuelven a encontrarse. Ya se confunde el cazador con el ser cazado y ambos responden a la llamada de sus cuerpos. Y al final de la lucha... respiran acompasados.

La chica de los gatos.

domingo, 3 de febrero de 2013

Treinta.


Tenía tantas ganas de hacerle el amor... Últimamente siempre había gente en sus casas, y por mucho que rascaran sus bolsillos el dinero era insuficiente para una de esas noches de hostal. Pensaba cómo le gustaría vivir con ella, y pasarse días enteros metidos en la cama... horas y horas desnudos, abrazados debajo de las sábanas... Tan tan pegados que al separarse les doliera como si estuvieran cosidos.
Esa tarde cada uno estaba en su casa, cada uno en su cama... A ella siempre le había dado vergüenza que se vieran por ordenador, pero a él le gustaba demasiado su chica cuando llevaba su "look de estar por casa" (una camisetita blanca de tirantes, un pantalón de pijama a cuadros, calcetines desparejados y el pelo revuelto), y le suplicaba hasta que accedía.
Recordó la noche pasada. Cómo le había puesto... lo hacía aposta, lo sabía. Cuando estaban en ese pub, y ella recostaba medio cuerpo en el sillón y daba sorbitos pequeños a su 43 con lima... Cuando cogía un mechón de su pelo y lo enredaba entre sus dedos y le dirigía una de esas miradas de "¿por qué estás ya tan cachondo, sí aún no te he hecho nada?". ¿Qué por qué?... La imaginaba encima de él, sin ropa y moviéndose frenética cuando lo miraba así. Luego, como cada noche, la acompañó a casa... y todo quedaba en besos que parecían el fin del mundo, mordiscos por todo el cuello y súplicas... "Fóllame. Por favor, fóllame..." Pero eso tenían siempre que dejarlo para otro momento.
Ahora ella estaba en su cuarto y él en el suyo. En la cama, viéndose... Cada uno con su ordenador sobre las piernas...
- Sobra un poco de ropa ¿no?
Ella sonrío pícaramente mientras se quitaba la camiseta, mostrando orgullosa su infantil sujetador de Snoopy.
- Ahora te toca a ti...
Cada uno en su cama, cada uno frente a su ordenador. Desnudos, calientes, masturbándose y reprimiendo gemidos. "Esta noche, cuando te vea... te vas a enterar", pensaba él con su mano jugueteando dentro de su pantalón de chándal. "Esto me va a salir caro esta noche", reía ella apretándose los pezones. Tenía tantas ganas de hacerle el amor... pero tantas ganas, que un infinito no era suficiente.

La chica de los gatos.

sábado, 2 de febrero de 2013

Veintinueve.


Y se acabó. Y a mi nadie vino a preguntarme si quería que se acabase. Nadie me avisó de que hubiera esa posibilidad. Fue así, de repente, sin tiempo para asimilarlo, sin casi darme cuenta, sin ser consciente... Se acabó sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo. Se apagó la chispa. Esa chispa que un día hubiera podido hacer arder todo un mundo. Esa chispa que alumbraba la plena oscuridad del mundo. Esa chispa capaz de hacernos vibrar, temblar, fundirnos en uno...
Desapareció. Sin previo aviso. Se esfumó. Y nunca imaginé que algo así pudiera pasar, que el más grande de los fuegos pudiera consumirse. Pero nos consumimos como dos putas velas, hasta llegar si quiera a poder darnos calor... Y qué frío era todo... Y es que esa puta chispa desobediente que llaman amor, aparece entre dos personas a la misma velocidad a la que se va... Y es tan sigilosa, que cuando nos queremos dar cuenta, nos vemos haciendo el boca a boca a sentimientos que hace tiempo que se han quedado atrás.
Y vi que era demasiado tarde, esa chispa que tanto tiempo encendió mi felicidad, ya no estaba. Todo se había quedado a oscuras. Y como me hubiera gustado haberla mimado, con mucho cariño, y haber tirado un montón de besos cada día al fuego para que no hubiera dejado de arder jamás. Pero al no cuidarla se fue, y era inevitable que tu también lo hicieras. Y así fue. Sucedió todo tan rápido que casi no me di cuenta. Pero ahora lo noto, lo siento. Me siento como esa vela consumida, que por las noches a oscuras, se muere de frío, por más que intente encontrar tu calor en otros brazos...

La chica de los gatos.

viernes, 1 de febrero de 2013

Veintiocho.


Y es que puedo decir que a mis casi 18 años ya he conocido muchos tipos de amor...
El primer amor, ese chico un curso más mayor que tanto te gustaba de pequeña y observabas de lejos en el recreo hasta que un día te armaste de valor y decidiste por fin comenzar a hablarle. El mismo que te robó tu primer beso, y por ello, también, un trocito de tu corazón... También aquel amor imposible que aunque nunca llegó a comenzar, te marcó y te marcará toda tu vida, sin poder dejar de preguntarte nunca que hubiera pasado.
Todos esos amores baratos de un rato, que duran tanto como un beso. El amor platónico, el de toda la vida. Y también ese amor incondicional, el de tu madre entrando por la noche a la habitación para abrazarte, intentando calmar tu angustia, pretendiendo que dejes de llorar o simplemente llorando contigo. El mismo amor que llega en el abrazo de esa gran amiga, cuando estabas totalmente destrozada...
Destrozada por otro amor, un amor grande, sincero, más maduro. Ese amor en el que creías, y pensabas con todas tus fuerzas que sería el verdadero, el definitivo. El que hizo que todos tus amores anteriores fueran simples caprichos, y los apartó a un segundo plano. Un amor tan intenso y bonito como frágil y doloroso. Sí, os hablo de ese tipo de amor, el que es capaz de subirte al cielo, pero que luego te suelta de golpe desde lo más alto... El mismo amor por el que se nos quitan las ganas de volver a amar.

La chica de los gatos.