lunes, 4 de febrero de 2013

Treinta y uno.


Solo recuerda la intensidad de esa mirada. Esos ojos que ponen la zancadilla y le hacen tropezar, los que pararon el mundo, su mundo, e hicieron desaparecer cualquier dimensión. Esos ojos que una noche se tragaron sus dudas, atrapándola a ella.
Dio un paso hacia delante, sus cuerpos estaban cerca, tan cerca que podía notar como se aceleraba su respiración y su corazón latía cada vez más fuerte. Cada vez que él la miraba, las piernas de ella perdían su fuerza y le hacían dan un traspiés, como si fuera premeditado, para crearle la necesidad de agarrarse a algo y que él la abrazara. Ahora sonríe con ternura al recordar esos primeros momentos de cercana intimidad, que firmaron su condena eterna... Y recuerda con nostalgia la agradable sensación de sentirse rodeada por sus brazos, esos brazos capaces de las caricias más dulces y los arrebatos de pasión encendida que sacaban sus instintos más salvajes. La imagen de ese cuerpo torneado a la fuerza de locura al sol, aún hace que ella se sonroje y sienta ese familiar escalofrío recorriéndole la médula.
Y en sus fantasías más oscuras siempre aparece él, con esa media sonrisa dibujada tímidamente que, aún siendo tímida, esconde siempre oscuras intenciones, la picaresca que con sólo una palabra, un susurro o una mirada hace que ella se convierta en su fiel esclava. Porque aún no sabe como lo consigue, por mucho que ella se proponga escapar de sus temibles garras de cazador de amantes, acaba cayendo en la trampa voluntariamente, se deja cazar y domesticar, porque es incapaz de renunciar a cualquier segundo de sus besos.
Y haga lo que haga, piense lo que piense, siempre vuelve a esos ojos. Oscuros, serenos, profundos, los que la volvieron sorda y ciega para el resto de miradas. Y ahora no se despierta en la noche empapada en sudor solo por ellos, ahora son sus manos, su firme abrazo, sus besos, la forma en que él coloca la cabeza en su cuello y simplemente se queda respirando, atrapando su aroma, como si él también se hubiera vuelto esclavo y quisiera retenerla hasta que el sol rompa el encanto de la oscuridad...
Y desde entonces se buscan, corren por líneas paralelas, se cruzan, desaparecen y vuelven a encontrarse. Ya se confunde el cazador con el ser cazado y ambos responden a la llamada de sus cuerpos. Y al final de la lucha... respiran acompasados.

La chica de los gatos.

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