jueves, 12 de diciembre de 2013

Trescientos cuarenta y cinco.


Dime que me respiras, que piensas en mi cada vez que un "no" cruza tu mente. Que mi mirada te trasmite paz y que mis palabras son el combustible para creer en un "puede". Por favor, confía en que puede ocurrir. Entiende que en ningún momento firmamos un contrato y es allí donde reside el valor...
Tranquilo, yo también tengo miedo. Sabemos que sin arriesgar nunca se gana, pero tampoco se pierde. Sin embargo, ahora mismo no puedo pensar en qué puedo perder que cuaje más que la ausencia de algo que he podido rozar con mis propias manos.
No se puede intentar ignorar el vicio de algo que sabes que existe. Esto tenía que ocurrir, y ahora es cuando la locura, irónicamente me dice que tengo que hacer las cosas bien, con la mente en frío y lo mejor que pueda.
Allá voy.
Pero necesito tu ayuda, si es que estás en esto conmigo...

La chica de los gatos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Trescientos cuarenta y cuatro.


Llegó a saturarme la idea de haber visto morir al amor tantas veces. Lo bonito del principio, la intensidad casi absurda de cada minuto cuando nada tiene cimientos y cualquiera de los dos podría huir al siguiente momento. Me llenaron o, mejor dicho, me dejé llenar los oídos de "te quieros", cambié de compañía a cada cambio de sábanas, zapatos rojos para besos de sábado, con el único resultado de lágrimas negras... Cuántas veces empecé de cero, cuántos nombres taché de la lista, borrón tras borrón, las pocas iniciales que recuerdo...
Nunca he estado sola, entre historias nunca han pasado las semanas necesarias para reconstruir lo deshecho, y así ha ido todo. Rezaba por sentir aunque fuera angustia, pero sentirme viva. Notar que me hervía la sangre, que no sólo respiraba, que viviría cosas que mereciera la pena escribir como cartas al "yo" futuro. Y escribí. Compulsivamente. Cada detalle, cada palabra barata que me calaba hasta los huesos, cada frase después de un polvo. Podría hacer una colección, escribir un libro, una enciclopedia de cínicos. No puedo culpar a nadie, la primera equivocada soy yo. Yo, que siempre me he guiado por impulsos. Ellos, que llegaron a llamarme fría, ignorantes de que el hielo también quema. Mañanas de persianas bajadas tras noches de fiesta que se eternizaban, que se nos iban de las manos. Coches, camas, bares, terrazas, encimeras, pisos... Y empiezo a creer que no, que no he visto morir al amor tantas veces. Porque quizá no lo vi nacer, me obligué a creer, me forcé a sentir. No siempre. 
Y ahora está él, al mismo nivel de batallas que esta cabeza morena. Él, ojos negros y sonrisa de loco, lector de propaganda, paciente en mi portal, cantante entre luces y humo de colores, músico sin instrumentos, buscador de tesoros, explorador de mis recovecos, actor porno, vividor de lo surrealista, máquina expendedora de carcajadas las 24 horas, bufanda y cinturón si me rodean sus brazos, domador de leona, freno de mis tacones cuando llevo más alcohol que sangre en las venas, campeón de billares, ajedrez, abrazos y provocaciones. Susurrador experto y, por encima de todo, mi vista favorita de la ciudad.

La chica de los gatos.

martes, 10 de diciembre de 2013

Trescientos cuarenta y tres.


A veces, deberíamos pensar tres o cuatro veces. No es mi caso. Sabes que no pienso muy a menudo, aunque luego me preocupan las consecuencias. Pero pienso y decido rápido, porque en la vida, es lo que vale. Es como dejar el amor a medio hacer, o un beso a medias, o una caricia sin dar.
Las cosas que se hacen, se hacen. Si me acuesto a tu lado y me quieres hacer el amor, házmelo. Mañana ya veremos que pasa. Y es que, lo que falla en el ser humano es la dificultad de decisión. O la facilidad de indecisión. Llamadlo como queráis. Pero lo verdaderamente sencillo es, que si te apetece, nos besamos, recordamos como bailábamos noche y día, siempre con la media sonrisa en la boca, estrujando en tus manos el sol, la luna y mis caderas. Ardíamos al borde. Y acabábamos un poco más vacíos de locura y más llenos de satisfacción. Nosotros más pequeños y nuestro amor siempre un poco más grande.
Hoy quiéreme. Pero no te prometo amor eterno. Ya no.

La chica de los gatos.

Trescientos cuarenta y dos.


Cuando te sinceres, hazlo bien. Dile que te mueres de ganas por besarle, que te da igual que no lleve vaqueros todos los días. Dile que te jode que solo cumpla uno de tus requisitos y aun así haga que todo tu mundo se tambalee. Mírale a los ojos o a los labios, cuando consigas que te llame idiota y se ría, sabrás que ya tienes algo hecho. Trátale con cariño, pero no con excesivo cariño, y si duermes con él métele mano. Puede que no tengas otra oportunidad y puede que otro día no te deje meterle mano. Sincérate y dile que quieres que te abrace. Dile que es más guapo que cualquiera. Haz que te diga que está hecho para ti, aunque no lo piense de verdad.
Pero hazlo rápido. Hay cosas que solo pasan una vez en la vida y hay tacones que solo duran una noche. Me gusta que me trastoquen los planes. Lo siento, no es mi culpa. La culpa es de los hoyuelos.

La chica de los gatos.

Trescientos cuarenta y uno.


Tener una necesidad es útil, nos pone en movimiento para satisfacerla.
Tener un deseo es más potente aún. Cuando deseamos algo con el alma, cada célula de nuestro cuerpo se esfuerza por lograrlo.
Tener un sueño es algo de una fuerza casi sobrenatural. Nos esforzamos durante días, meses, años, para alcanzar ese sueño. Un sueño que nos puede cambiar la vida.
Pero necesidades, deseos y sueños son pequeños al lado de la utopía.
Tener una utopía es algo superior, algo vital. Una necesidad, un deseo, un sueño, pueden cambiar nuestra vida, pero una utopía puede cambiar el mundo. Y para bien o para mal, esa es la utopía de todos.
La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja otros dos. Camino diez pasos y el horizonte corre diez pasos más allá. Pero entonces uno se pregunta, ¿para qué sirve la utopía si siempre se aleja? Para eso sirve, para caminar. Para tener una utopía hay que tener fe, para creer que eso que deseamos es posible
Una utopía, por definición, es algo que no existe, un puerto inalcanzable, pero necesario para viajar. La utopía es una llamada a la ilusión, al inconformismo, a la rebeldía, al compromiso. La utopía es una llamada a la esperanza.
Por eso para cambiar el mundo es tan necesaria.

La chica de los gatos.

Trescientos cuarenta.


Tú me vendrás con historias siderales, con esa extraña sensación del que no entiende la mitad de sus verdades y sufre males de cabeza y corazón.
Me vendrás con preguntas racionales, con la certera convicción de que esta vida no ha querido tus finales, que prefirió cambiar de protagonista y de guión.
Te hablaré y no de las mentiras, no de los desiertos, no de los malos momentos que ya no están para ser nuestros. 
No de amargos tragos, ni tristes canciones y no de malas intenciones que llenan malos corazones.
¿Sabes? El sol no está ahí para cegarnos, ni las tormentas para no poder volar, ni tu futuro es como tú lo estás pintando.
¿Es que no ves que en esta vida hay que soñar?
Y me vendrás con respuestas que no valen más que para perder el tiempo y la ilusión y que hacen que todo cueste más de lo que vale.
Así que ven que el precio te lo digo yo.
Te hablaré y no de malos que complican, que mienten, que no te explican, que no te entienden y que nunca tienen nada que contarte, ni una sonrisa, ni un final con te quiero, ni un te esperaré siempre, ni un seré sincero, ni una sola palabra que no lleve mentira o que te llene la vida así que...
Ven que te hablaré...

La chica de los gatos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Trescientos treinta y nueve.


Quien no arriesga, no gana. Y en esta vida el riesgo es vivir. Un amor incomprendido o una respuesta equivocada, nos puede sumir en un abismo del cual es muy difícil salir... Un "no" en un altar, un "" en una época dudosa.
No sabemos lo que queremos, y mientras, lo hacemos todo sin pensar. Esperando un sí o un no arriesgamos un futuro. ¿Cuántas veces haremos las cosas sin pensar? Mi respuesta: las veces que sea necesario. El destino nos guía por el camino que ya tenemos trazado. Un "sí" es lo que debemos oír, y un "no" es lo que tenemos que esperar, pero siempre arriesgando, porque vivir es un riesgo.

La chica de los gatos.