jueves, 31 de enero de 2013

Veintisiete.


Querida amiga, que a mi también me han roto el corazón, pero aquí sigo. Con mis días buenos y malos, pero sigo. Con sonrisas y alguna que otra lágrima, pero sigo. A palos, sí, pero sigo. Porque ser valiente no es luchar y aferrarte a alguien con todas tus fuerzas, o pasar las noches en vela llorando esperando a que regrese...
Las verdaderas valientes somos las que sabemos decir "Hasta aquí", y poner fin a las mentiras, a la angustia, al sufrimiento... A ese cúmulo de cosas que llegan cuando el amor se va. Porque tarde o temprano se irá, y es algo que hay que saber aceptar. Las fuertes no son las que perdonan una y otra vez, las que hacen mil cosas por recuperar a esa persona e intentan por todos los medios hacerle el boca a boca a sentimientos que hace tiempo que están muertos...
 Las fuertes de verdad somos las que decidimos marcharnos. Las que aprendemos a olvidar, aún sabiendo lo que eso cuesta. Las que nos levantamos de la cama sin él y afrontamos un nuevo día con la mejor sonrisa. Las que sabemos que si realmente quiere volver, volverá. Y que si no vuelve jamás habrá merecido la pena. Porque sentir dolor es inevitable pero sufrir es opcional. Y somos de las que decidimos no sufrir. De las que sabemos que merecemos ser felices.
Y eso no significa que queramos menos que las demás, simplemente tenemos un secreto que hemos aprendido con el tiempo y las decepciones: querernos a nosotras mismas por encima de cualquier cosa. Porque, si no lo haces, estás perdida. Y ya vendrá otro que te haga vibrar de nuevo, porque tienes toda la vida para encontrarle. Así que no desesperes. Que a tu lado tendrás siempre lo que te mereces, que no es poco. Y él ha demostrado ser bastante menos que eso. Y es que, querida amiga, como podría yo explicar que la pena dura tanto como quieras tú seguir llorando...


La chica de los gatos.

miércoles, 30 de enero de 2013

Veintiséis.


Empezó en otoño y duró casi hasta la primavera. A medida que el año se iba volviendo cada vez más oscuro y frío, ella se hacía cada vez más débil. Terminó por mover su cama al lado de la ventana, intentando acariciar la luna antes de que se volviese loca. Desde allí observaba pasar a la poca gente que salía a tirar la basura, las nubes, los árboles moverse, el gato de la vecina peleándose por volver a entrar en casa... Era cuestión de acoplar ese espacio que antes llenaban litros de inconstanteces...
Y terminó. Casi sin que se diera cuenta. Dejando, mientras pisaba con sus converse negras de charol el suelo de piedras, una extraña sensación de alivio que se acompañaba por un enorme vacío. Que se olía, que se notaba, que se sentía... Monipenny sabía que habían cambiado cosas desde que no se miraban. Y eso que le gustaba mirarle y perderse en sus rizos, que se largara por las mañanas sin ni siquiera compartir un sorbo del té. Recordaba como a él le gustaba abrazarla y quitarle la ropa. Matarla a cosquillas de vez en cuando. Hablar de cosas banales y que parecieran importantes.
El asiento de la parada del autobús ahora se había deshelado. Lo que son las cosas, ya no le regalaría una mirada ni aunque fuera el dueño de su universo.

La chica de los gatos.

martes, 29 de enero de 2013

Veinticinco.


Os hablo en serio. Nunca me gustó criticar a la gente sin saber o sin conocer, pero la verdad es que no puedo negar que si estoy hablando en grupo con mis amigas y una cuenta una historia de, ya sabéis, una amiga de una amiga de su prima que el mismo día que dejó a su novio besó a tres chicos diferentes, yo siempre sería la primera en decir: "¡pues vaya zorrón!".
Pero eso se acabó. Porque si a conocerte le puedo atribuir algo bueno, es que me has cambiado la manera de ver las cosas. Me has hecho aprender. Aprender a base de ostias, lo que se dice un aprendizaje puro y duro. Aprender la cantidad de gilipolleces que uno llega a hacer por amor, lo ciega que te vuelves y lo distintas que ves las cosas a como son en realidad. Estás en tu propio mundo, a tres metros sobre el cielo como dice el libro, pero no te conformas solo con quedar ahí sino que quieres ascender más y más cada vez... Sin ser consciente de que la ostia que te darás al caer luego, será mucho mayor...
Porque todo lo que sube baja, y en esta caso lo suele hacer de golpe. Porque las cosas cambian, y nadie nos va a venir a preguntar si queremos que cambien o no. Y porque, ¿para qué nos vamos a engañar? hay demasiado hijo de puta por ahí suelto, gente que ha sentido demasiado y que ahora prefiere no sentir, o gente que ni siquiera ha sentido nunca, ese tipo de gente que si se cruza en tu vida inevitablemente te hará daño. Pero, ¿sabéis qué? No les culpo. Ni les juzgo. Porque si ahora mismo escuchara otra vez la historia de esa chica, en vez de criticarla, la aplaudiría. Porque si yo pudiera elegir, también elegiría no sentir...


La chica de los gatos.

lunes, 28 de enero de 2013

Veinticuatro.


A Amanda siempre le atraen las personas que no deberían. Y no hablo de una atracción física, que también, y a veces es inevitable. Lo que para ella resulta irresistible es el mundo interior, la sensualidad y, sobre todo, la creatividad. Cualquier persona creativa, que escriba, se dedique a la música o pinte cuadros, por ejemplo, llama poderosamente su atención. Y es verdad que se trata de personas diferentes y su punto de vista de las cosas resulta muy atractivo, precisamente por eso, porque ven lo que nos demás no estamos acostumbrados a ver.
El problema es que, como genios que son, estas mentes creativas viven a menudo atormentadas, que también es inevitable. Y aquí entra la parte de "no deberían". Muy pocos son capaces de soportar sus temporales personales, así que siempre se encuentran solos sujetando su paraguas bajo la tormenta. Amanda dice que por eso se fijó en Mario. Aunque yo cada vez que los veo juntos no puedo evitar pensar que, en realidad, fue al revés: Amanda es la que ve mundo todos los días con ojos nuevos, la que tiene los viernes como día favorito y la que coloca ases de corazones bajo la cama para reforzar su amor. Seguramente, hasta tiene su propia banda sonora.
Y entiendo que Mario la encuentre irresistible.
A mi a veces me gustaría ser como ella.

La chica de los gatos.

domingo, 27 de enero de 2013

Veintitrés.


Sé que no soy perfecta. No soy la clase de niña perfecta que sigue las normas al pie de la letra. Cometo los errores que nunca hayas visto, tropiezo tres veces si es necesario con la misma piedra porque lo necesito, o tal vez no, pero me levanto con dos cojones. Casi siempre consigo lo que me propongo, y si no lo consigo, tranquilo que ya lo conseguiré. Si estás pensando lo que yo creo... no, no te mostraré tan fácilmente mis penas y jamás lograrás verme llorar, jamás. Porque como en esta cabecita se meta algo, difícil será que lo consigas sacar...
Soy indecisa, atrevida, arriesgada y demasiado dura por fuera, pero por dentro ni te imaginas lo que guardo. Soy como un libro cerrado que no hay más que mirar la portada para saber de qué trata. Soy... puff... ¿cómo decírtelo? Soy la soñadora de tu mente, la más idiota, a la que no le importa esperar por tus besos, soy... Soy la persona que más te quiere y te querrá en este mundo, ¿lo entiendes? Sé que es difícil de creer, el típico tópico de amor, pero no. No es así, te lo digo porque lo siento, y ¿sabes? siempre que lo siento, te lo digo, siempre.

La chica de los gatos.

sábado, 26 de enero de 2013

Veintidós.


Ya no tengo ganas de nadie.
Ésta debe ser otra fase de lo de enamorarse. Ya he pasado la de cometer errores, la de intentar corregirlos, la de llorar, y ahora debo estar en la que asimilo todo y me canso. Me canso de ti y de todos. De ti y de todos. No encuentro las ganas de dar explicaciones. Aunque tampoco quiero. Claro que querer... ya no sé lo que quiero. Ya no sé que tipo de aire respiro. he perdido mis bragas favoritas, no recuerdo cuales eran. Y lo peor es que no tengo un plan. Yo siempre guardo ases debajo de la manga, por si algo se estropea tener un parche y arreglarlo. Habrá sido la lluvia o yo que sé, pero ya no me quedan parches. Ni parches, ni libido cuando me pienso contigo.
Ahora sólo me pregunto qué pasará luego. Qué número saldrá en el dado y cuándo saltaré a la otra fase. No es que me muera de ganas, a lo mejor la siguiente es peor. pero mientras más avance, antes terminará todo esto. Es la única esperanza que me queda. Saber que no es para siempre. Que cuando llegue al último nivel y lo pase, si aguanto, la pantalla se apagará como en los juegos nuevos que anuncian por la caja tonta y podré tumbarme en el sofá sin derramar ni una maldita lágrima, sin sentir que me estoy pudriendo, sin tener que silenciar el teléfono ignorando a todos esos que llaman y no son tú. Y no son tú.

La chica de los gatos.

viernes, 25 de enero de 2013

Veintiuno.


Si ella fuera más valiente ahora mismo se levantaría de su cama, cogería su teléfono y marcaría nueve números que se sabe de memoria. Cuando él contestara, antes de que pudiera decir nada ella comenzaría a disculparse. Le diría que le gustaría no haber hecho nada de lo que hizo, que sentía haber estado cosa de diez años sin dar señales de vida, que no había dejado de pensar en él ni un segundo, que le echaba muchísimo de menos, que le quería, que siempre lo había hecho. Y él, que no ha cambiado nada en estos años, le diría que la perdonaba; claro que la perdonaba, él siempre la perdonaba todo, porque en el fondo lleva algo así como toda una vida enamorado de ella. Lo más probable es que hubieran decidido quedar, para reencontrarse, tal vez en alguna cafetería, aunque en el fondo los dos se morían de ganas de ir a su banco. En algún momento ella le habría llamado Toño, y él no habría podido evitar sonreír porque ya nadie le llamaba así. Debido a la nueva valentía de ella, por primera vez en su vida, habría sido capaz de confesarle que no huyó de él, sino de sus propios sentimientos, que salió corriendo al darse cuenta de que se estaba enamorando de él. Y entonces él, le habría agarrado de la barbilla y le habría dado el beso que lleva una década esperando.
Pero, si ella fuera más valiente no habría salido corriendo hace diez años. No, ella no es valiente, u tampoco sabe que él la quiere, así que no llama, se queda ahí, tirada en la cama, mirando al techo y pensando en él, con el cenicero cada vez más a rebosar de colillas.

La chica de los gatos.