lunes, 15 de julio de 2013

Ciento noventa y cinco.


Que sí, que conozco sus sonrisas de "que le den al mundo, que hoy soy feliz". Y me se de memoria los hoyuelos que le salen en las mejillas, y su forma de ver las cosas. Que he recorrido mil veces su cuerpo en busca de lunares nuevos, y me se con los ojos cerrados dónde me dejó la marca de sus besos. Que no hay cielo que se compare con sus ojos y el sol podría salir con que solo respirara. Que sé las locuras que pasan por mi mente cuando sus pestañas chocan con las mías, y sé que si sus manos se vendieran yo sería la mejor postora, aunque se vendieran caras. Que todo lo que le rodea es sencillo, que tiene un corazón complicado y por eso a veces es tan fácil enamorarse de sus palabras.

La chica de los gatos.

Ciento noventa y cuatro.


Se amaron con locura, como dos amantes que lo saben todo uno de otro, sin preguntar, sin dudas. Ella dejó que él se la llevara a la luna, que jugara con ella hasta la saciedad. Empapados de sudor y gemidos, llenaron de vaho los cristales del coche, cubículo de amor que recogía sus silencios y sus miradas, que se balanceaba al compás de dos cuerpos que parecían ser uno solo. Durante minutos, o quizás años enteros, ella fue para él y él para ella, sin que hubiera nadie más, sin que las prohibiciones o las terceras personas importaran.
En aquel instante crucial, ella consiguió lo que había deseado desde que le había conocido: ser lo único para él. Con un último suspiro, él cayó sobre ella. Sus cuerpos, mojados y exhaustos, se detuvieron, sin querer moverse más. Dejaron que los minutos pasaran, sintiéndose uno, sin pensar un instante siquiera en romper aquella magia. Pero cuando él se levantó y la miró a los ojos, sonriendo, ella sintió que nunca, jamás, dejaría de haber magia en aquel día. Él rozó sus labios, sin dejar de mirarla, sin dejar de sonreír, empapándola de ternura, una ternura deliciosa que la paralizaba. Le susurró que se acercara a ella y él, como un niño bueno, apoyó la cabeza sobre su pecho y se abandonó al contacto de las manos suaves que se perdían por su espalda...

La chica de los gatos.

viernes, 12 de julio de 2013

Ciento noventa y tres.


A veces me pueden los sueños y conozco a hombres -quiero decir que me cruzo con ellos- y sin filtro ni credenciales, en un instante, me imagino una vida entera con ellos. La imagen de la felicidad occidental, un despertar en mañanas blancas, entre sábanas con caras de anuncio, y dos niños de la mano; o me los imagino simplemente tapando el frío
En el metro, aeropuertos, bares, librerías, tiendas de ropa, esperando a que se ponga en verde un semáforo, en cualquier lugar, allí están para darme la vuelta a la cabeza por un rato... Si ves a alguno dile que me acuerdo de él.

La chica de los gatos.

jueves, 11 de julio de 2013

Ciento noventa y dos.


-Nunca he dicho que no te quiera.
-Tampoco has dicho que lo hagas.
-Siempre le buscas tres pies al gato.
-Todo sería más fácil si me dijeses la razón por la que no quieres que estemos juntos.
-Tú y yo somos como un coche mal asegurado. No cubrimos los daños a terceros, enana.
-No sé si reírme o llorar.
-¡Ríete, que estás más guapa!

La chica de los gatos.

miércoles, 10 de julio de 2013

Ciento noventa y uno.


Aunque tú no lo sepas, me he inventado tu nombre. Me drogué con promesas, y he dormido en los coches. Aunque tú no lo entiendas, nunca escribo el remite en el sobre, por no dejar mis huellas... Aunque tú no lo sepas, me he acostado a tu espalda. Y mi cama se queja, fría cuando te marchas. He blindado mi puerta y al llegar la mañana, no me di ni cuenta de que ya nunca estabas...
Y aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto... con las manos tan llenas, cada día más flacos. Inventamos mareas, tripulábamos barcos, y encendía con besos el mar de tus labios...

La chica de los gatos.

martes, 9 de julio de 2013

Ciento noventa.


Siempre hay que hacerle caso al corazón, ir donde él te lleve. Confiar en él. Lo difícil de hacerle caso al corazón es lo que la gente olvida mencionar: que aveces el corazón nos lleva a lugares a dónde no deberíamos ir, a lugares tan aterradores como atrayentes.
Y aveces el corazón nos conduce a lugares que nunca pueden llegar a un final feliz. Y es ni siquiera es lo más difícil. Lo más difícil es que al hacerle caso al corazón dejamos lo normal y vamos a lo desconocido. Y cuando lo hacemos no podemos regresar.

La chica de los gatos.

lunes, 8 de julio de 2013

Ciento ochenta y nueve.


El amor comienza normalmente por la vista. Tal vez por un flechazo al verlo sentado en el banco de un parque, o tras encontrártelo varias veces en el autobús camino de clase. Si consiguieras oír su voz, comenzaría la participación del oído. El amor podría consolidarse en tu pecho al escucharlo decir ternuras o coincidencias con tu forma de ser, o podría derrumbarse si hiciera declaraciones como las de Raúl tras un partido. En tercer lugar vendría el olfato, el olor corporal, su perfume, su champú. Digo en tercer lugar, pero hay científicos que lo sitúan en primer lugar, ya que son las feromonas las que determinan la elección. Es algo más animal que lógico, dicen. Incluso afirman que las pocas personas que por lesiones o causas perinatales han perdido el olfato, son incapaces de enamorarse y caen en continuas depresiones.
Si la cosa va bien, como parece ser, en algún momento entrará en juego el tacto con algún roce de manos fortuito, algo liviano que se irá intensificando poco a poco. Ese es el objetivo, que el roce pase de lo fortuito a lo íntimo, quizá con algún abrazo de despedida o alguna caricia amistosa como antesala de lo que parece inexorable: que se complete el ciclo del amor con el gusto justo en el momento en que juntemos nuestros labios en el primer beso.

La chica de los gatos.