viernes, 8 de marzo de 2013

Cincuenta y cinco.


Entonces voy a buscar esa película en blanco y negro que ha durado dos años. Toda una vida. Esas noches pasadas en el sofá. Lejos. Sin conseguir darme una explicación. Arañándome las mejillas, pidiendo ayuda a las estrellas. Fuera, en el balcón, fumando un cigarrillo. Siguiendo después ese humo hacia el cielo, arriba, más arriba, más aún... Allí donde precisamente habíamos estado nosotros.
Cuántas veces he nadado en ese mar nocturno, me he perdido en ese cielo azul, llevado por los efluvios del alcohol, por la esperanza de encontrarlo otra vez. Arriba y abajo, sin tregua. Por Hydra, Perseo, Andrómeda... Y abajo, hasta llegar a Casiopea. La primera estrella a la derecha y después todo recto, hasta la mañana. Y otras muchas. Y a todas les preguntaba "¿Lo habéis visto? Por favor... He perdido mi estrella. Mi isla, que no existe. ¿Dónde estará ahora? ¿Qué estará haciendo? ¿Con quién?". Y a mi alrededor, ese silencio de esas estrellas entrometidas. El ruido molesto de mis lágrimas agotadas. Y yo, estúpida, buscando y esperando encontrar una respuesta. Dadme un porqué, un simple porqué, cualquier porqué. Pero qué idiota. Ya se sabe. Cuando un amor se acaba se puede encontrar todo, excepto un porqué. 

La chica de los gatos.

jueves, 7 de marzo de 2013

Cincuenta y cuatro.


Hace un par de años leí una revista en la que hablaban de que gran par de los problemas de las parejas residen en los ideales que se tienen. Se refería a los ideales del amor que esta sociedad va clavando en nuestro subconsciente desde que nacemos. Los mensajes del tipo "fueron felices y comieron perdices", el ansiado príncipe azul y los cuentos infantiles sobre el amor eterno (que puede serlo pero no es usual) han hecho mucho daño, porque poco o nada tiene que ver con la realidad del amor. Vivir en el idealismo supone una dictadura horrible para nuestras parejas, cuando les exigimos que cumplan constantemente con nuestros inalcanzables ideales y posteriormente les culpamos de nuestras decepciones, aunque la decepción real sea con las expectativas que uno tiene. Preferimos un amor asistencial, que nos llene de atenciones, a tratar de construir mano a mano un lugar que compartir. ¿No es triste?

La chica de los gatos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cincuenta y tres.


Procura vivir. Deja los recuerdos para los viejos. Quizá el amor nos hace envejecer antes de tiempo, y nos vuelve jóvenes cuando pasa.
Por eso escribía antes. Para transformar la tristeza en nostalgia, la soledad en recuerdos. Para poder seguir adelante cuando me contase a mí misma la historia. De repente estaba menos niña. Y me brillaban los ojos. Quería escucharle. Quería ver cómo pensaba. Porque ya me había quemado una vez, pero no me importaba repetir la dosis.
Es necesario correr riesgos. Solo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado. Todos los días podemos cambiar todo aquello que nos hace infelices.
Tratamos de engañarnos pensando que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Puede ser el momento en que metemos la llave en la puerta al volver a casa. Quien no esté dispuesto a correr riesgos puede que no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero cuando mire atrás (cosa que siempre hacemos) oirá que el corazón le grita que ha desperdiciado su vida. Los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado. Podrían haberle explicado en ese momento que necesitaba salir corriendo. Podría. Pero en una fracción de segundo cambié de opinión. No sabía nada de su vida, pero sonrío. Respiré hondo, a fondo. Todo el aire que me cabía en los pulmones. Inspiré, me inspiró, podía leerle los ojos. Nadie logra mentir, nadie logra ocultar nada cuando mira directo a los ojos. De repente, la vida me había dado la vida...

La chica de los gatos.

martes, 5 de marzo de 2013

Cincuenta y dos.


No tengo los ojos azules, sino marrones. Soy incapaz de estarme quieta, hablo mucho y me enfado deprisa. Lloro por cosas inútiles y me doy cuenta tarde. Escribo frases en cualquier hueco que vea, cosas importantes para acordarme de ellas o cosas insignificantes. Con el tiempo te darás cuenta de que soy algo caprichosa y borde, para que negarlo. Soy algo vergonzosa, bueno, depende de la situación. Escribo siempre en la arena cuando voy a la playa, y la cojo y la dejo caer lentamente, quizás sea por el hecho de que todo tarde o temprano se acaba. Soy de las que cuando tienen un día malo lo pagan con la persona equivocada. De las que cuando están mal y dicen "quiero estar sola" lo que de verdad quieren es que estén a su lado. De las que van con el miedo a fallar por dentro, pero aún así se entregan al máximo. De las que escriben su nombre en los cristales empañados y luego lo borran. De las que no se entienden ni ellas, pero saben lo que quieren. De las que son capaces de dejarte sin respiración con la risa en tus peores días. De las que les entra la risa tonta en momentos serios. De las que les encanta hablar con sus amigas y llegan tarde a casa porque se entretienen demasiado por el camino. De las que odian a los pajaritos. De las que buscan magia en las palabras. De las que la música las transporta. De las que siempre encuentra una cosa buena en cada persona y miles de defectos. Der las que eso de disimular no se les da bien. De las que se pasan la vida comprando ropa, sabiendo que los mejores momentos se pasan sin ella. De las que siempre se preguntan el por qué de las cosas. De las que tropiezan mil veces con una piedra pero se levantan. De las que dicen la verdad, de las que se mojan. De las soñadoras. De las optimistas. De las realistas.
También soy de esas que de pequeña era un cielo y de mayor contesto, también de esas que salen de fiesta para olvidarse por un instante de la realidad, de las que se ríen en los peores momentos, de esas que le gustan las chuches, los helados y odian las judias.
Si lo piensas bien no soy tan complicada, ni nada del otro mundo.
Soy de las típicas personas que pasan los pasos de cebra saltando las rayas, de las que miran al cielo solo por buscarle formas. No soy de las que ve el vaso medio lleno, porque no creo que exista ningún vaso, y si lo hay, siempre me preguntaré por qué un vaso y no una copa.
Me considero del grupo de personas que se ríe sin saber por qué, que cantan en la ducha pero siempre lo niegan. Admito que soy de las que digo, "Ahora voy", "nunca me enamoraré", "acabo en un segundo" y nunca lo cumplí...
Yo vivo cada día como si fuera el último, no me importa lo que digan, porque no vivo de los demás. Me he caído muchas veces, tal vez demasiadas, pero aquí estoy, de pie y con la cabeza bien alta. Soy la persona más pasota que te puedes encontrar, muchas personas dudan de si tengo sentimientos, pero detrás de un cuerpo siempre hay un corazón. Me conocerás por ser alguien que casi siempre suele decir las cosas a la cara, sea lo que sea y duela lo que duela. Muchas veces me llaman puta o zorra, así que si quieren que lo sea, lo seré con una condición: Que después no se quejen de lo que ellas mismas han creado.

La chica de los gatos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Cincuenta y uno.


- Y mírate joder, reacciona.
- Eso es lo que quiero, reaccionar, pero tú aún estás tan cerca...
- ¡Mírame ahora! ¿Crees que siempre estaré aquí?
- No.
- ¿Y a qué esperas? Los milagros no existen. Yo algún día me iré, volaré lejos de ti, algún día dejaré de quererte.
- No quiero que lo hagas...
- Yo no creo que pueda hacerlo, pero quiero creer que soy capaz de vivir sin ti.

La chica de los gatos. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Cincuenta.


Soy de las que con casi 18 años les gusta sentarse a escuchar como la gente mayor cuenta la historia del exilio en México, de cómo salieron las arrugas antes de tiempo, de la morriña que gangrenaba el corazón, de una batalla perdida por la libertad, del reencuentro con una tierra que huele a mar. Soy de las que siempre ven el lado romántico de la historia, ese que no cuentan en los libros, de las utopías, de las ilusiones efímeras. De las esposas que no dejaron de esperar cartas que venían del frente, de las viudas que nunca pudieron volver a empezar, de las madres que no cesaron de llorar, de las que cayeron y de las que sobrevivieron pero nunca volvieron a vivir...
De la bandera republicana ondeando en algún rincón del corazón. Del bando perdedor. Soy de Dylan avisando de que los tiempos estaban cambiando, de las cenicientas que barren la calle de la desolación. Soy de Serrat pidiéndole a su padre que le cuente otra vez la historia de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia, de las que cantaron Al Vent, de Paco Ibáñez poniéndole desde Francia música al arma de la poesia, de Aute aquella noche al alba que temía de madrugada, de los trovadores, poetas con guitarra. De Sabina cantándole a su rosa de Lima, de la dama de poncho rojo que vive en el Boulevard de los sueños rotos, del hombre del traje gris, de la chica que está casada cuando regresas a Madrid, del robado mes de Abril, de las canciones de amor que no quisiste. Del niño con granos que observa desde una esquina a su chica siempre bailando con otro...
De Calamaro, de Soledad, Esperanza e Inmaculada coleccionando mariposas tristes, de Alfonsina y el mar, de la chica del paraguas. De Quique y los que bailan en quimeras y no esperan en la orilla, de carreteras que desembocan en puertos de los que zarpan barcos que nunca se cogen. De Carlos Tarque preguntando ¿dónde está la revolución? Soy de los Rolling y los Beatles a partes iguales. De las que rescatan del desván los polvorientos vinilos de Simon and Garfunkel y se estremecen con la voz de Janis Joplin. Soy de las que escuchan por teléfono cada noche una voz que está a doscientos kilómetros y luego, se meten solas entre sábanas demasiado frías como para conciliar el sueño, de las que echan de menos pero no buscan calor en camas ajenas.
De las que se cruzan a nado el océano por un beso más. De las que cogen autobuses que les rompen el corazón. Soy de las que se pierden por el mundo pero vuelven a casa por Navidad, de los cafés a las cuatro de la tarde en el bar de siempre con la gente de siempre, del frío del norte, de la playa desierta en Diciembre, de la luna llena que se esconde detrás de las nubes, de la Ciudad de Cristal bañada por el mar, vestida de blanco y azul, vestida de blanco y azul, de los equipos que bajan a segunda y siguen teniendo la mejor afición. Del olor a mar cuando vuelves a casa, de la salitre en el pelo, de los marineros que naufragaron en la vida. De los músicos del metro, de los poetas fracasados, de los artistas callejeros, de las personas pequeñas que hacen cosas grandes...
De las que no tienen dios pero si bandera. Soy de los padres que todavía sueñan con subirse a un escenario mientras le tocan canciones con una guitarra desafinada por los años, en el salón de su casa, a los dos amores de su vida. De las madres que lloran con esa canción. De los hermanos pequeños a los que quieres tanto que hasta te duele. De las que se dejan la piel, de las que se quedan hasta el final, de las causas perdidas, de las fotos viejas que abren las viejas heridas. Soy de las personas, no de los partidos. De esas que tomaron la Puerta del Sol en pleno siglo XXI. Soy de la libertad y de los sueños que siguen existiendo en el corazón de los que aún tenemos corazón.

La chica de los gatos.

viernes, 1 de marzo de 2013

Cuarenta y nueve.


Mis padres se conocieron a los 17 años.
Ella era una niña bien con camisita y canesú, que escuchaba a Los Pecos y en vez de puntos ponía corazones encima de la letra "i". Él era un macarrilla del tres al cuarto motorizado, con chupa de cuero, guitarra a cuestas y con el sueño de formar parte de una banda de Rock and Roll. Su juventud... bueno, su historia de amor transcurrió durante los mitificados años 80 y todo lo que ello conlleva. La muerte de Franco hizo estallar los deseos de libertad de la juventud española, lo que acabó convirtiéndose en la movida con iconos como Alaska o Almodóvar. Los Sex Pistols cantaban "Anarquía" en el Reino Unido, John Lennon era asesinado, el sida es extendía por todo el mundo, los Stones lanzaban "Start Me Up" y en España, se legalizaba el partido comunista. El mundo giraba y giraba entre amenazas de ataques nucleares en plena Guerra Fría y el afloramiento de la cultura underground.
Mientras tanto, dos jóvenes veinteañeros se enamoraban en una pequeña ciudad bañada por el mar al norte del país. Mi madre siempre me cuenta que mi padre le escribía canciones en servilletas de papel para aparecer una noche cualquiera cantándoselas debajo de su ventana; esas servilletas de papel, guardadas todavía en una cajita de madera, son su tesoro más preciado... La transición española se veía amenazada por el 23-F y también su amor se veía amenazado, pues los padres de una niña bien no aceptaban que esta fuera detrás en una moto, ni fumara canutos en los antros de la ciudad. Mi padre había logrado su sueño y tocaba una Strat de segunda mano en una banda de Rock and Roll tan del tres al cuarto como él...
El día que mi abuela le prohibió a mi madre volver a verle coincidió con el día del primer concierto de mi padre, en un garito llamado La Cueva que ya no existe en la actualidad. El concierto llevaba media hora empezado cuando mi madre consiguió fugarse de casa, y estaba acabado cuando apareció por la puerta del garito. Fue en ese momento cuando mi padre agarró su guitarra, se volvió a subir a la pequeña plataforma que hacía de escenario y preguntó: 
"¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?"
Nueve años después, nací yo.

La chica de los gatos.