viernes, 31 de enero de 2014

Treinta y uno.


Ven, ven, ven. Quiero queme lo hagas encima del escritorio. Y que luego me des un abrazo tan fuerte que me crujan todos los huesos. Y me digas que estás tan loco por mi que ya no aguantas más. Que solo piensas en besarme, que estoy desbaratando tu vida, que la chica que tanto querías hace años pasó al segundo plano. Que cuando estás en la cama conmigo sólo soy yo a la que necesitas. Que me suenas, que me piensas.
Quiero que me digas que soy tu razón, la emoción de tu vida, el desbarajuste de la rutina. Que soy lo que te duele dentro. Que soy tu sonrisa, tu decepción... pero que con todo, sigues volviendo. Y que volverás a mi cama siempre.

La chica de los gatos.

Treinta.


No le dio tiempo a Cupido a tensar el arco, no le hizo falta disparar. Ya nos habíamos enamorado. Tú de mi inseguridad y yo de todo.
Me dijiste "si no corremos pasará de largo todo esto y hoy tienes que poner a mi nombre todos los besos que te quedan". Me quedé helada, agarraste mi mano y condujiste mi coche hasta tu casa. Hubo confeti en el ascensor. Nos dimos tantos besos que tuvimos que darle la vuelta a la piel cuando no quedaba un centímetro sin besar. La ropa interior dejó de esconder las cosas que más se quieren ver... Esa noche pasaron cosas que no caben en ningún poema.

La chica de los gatos.

Veintinueve.


Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería.
Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de la caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror.
Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad.

La chica de los gatos.

martes, 28 de enero de 2014

Veintiocho.


A veces es más fácil enamorarse de un desconocido que de alguien cercano a ti. El hecho de mostrarse sin prejuicios, el no tener miedo a defraudar a alguien, nos quita la máscara. Nos desnuda las palabras que nunca pensábamos que diríamos.
Un desconocido no sabe cómo quiere que seamos. Nos mira a la cara, sin miedo a decepcionarse con lo que vea en nuestros ojos. Nos empieza a descubrir tal y como somos...

La chica de los gatos.

lunes, 27 de enero de 2014

Veintisiete.


Era arisco (alguna vez llegué a pensar que era el único animal de la familia de los gatos que había evolucionado a humano), prepotente con aires de chulería y una mirada oscura, desafiante; que era capaz de fusilar a cualquiera que se encontrara en el bando opuesto.
Manteníamos un tira y afloja de una cuerda que estaba a punto de quebrar, un deseo contingente que me comía poco a poco; me mataba; no imaginaba nada más que llevarle lejos de allí, perdernos; pero a él no podía decírselo. Éramos como el frío y el calor, el calor funde el hielo y el frío apaga el calor... No encontrábamos el punto medio entre los dos extremos.
Yo sólo era para él la lana que se enredaba precipitadamente entre sus brazos, entre sus piernas, y que jugaba a quedarse allí. Anudándose. Él la apartaba en el momento que se cansaba, sin remordimiento. Cuando volvía a necesitar algo con lo que jugar aparecía yo de nuevo. Sin cesar.
Es que, al fin y al cabo él no dejaba de ser ese gato arisco que jugaba cuando le apetecía con su lana, y yo, no quería aparecer siempre a su disposición, pero lo hacía. Hasta gastar el ovillo.

La chica de los gatos.

Veintiséis.


Creamos las ilusiones que necesitamos para seguir adelante. Y un día, cuando ya no nos deslumbren ni nos reconforten, las derribaremos, ladrillo a ladrillo, aunque sean brillantes, hasta que no nos quede más que la luz reluciente de nuestra honestidad. La luz es liberadora. Necesaria. Terrorífica. Nos quedamos de pie ante ella, desnudos y vacíos. Y cuando nuestros ojos no pueden soportarla más, construimos una nueva ilusión que nos protege de su implacable verdad.

La chica de los gatos.

Veinticinco.


Dicen que enamorarse es un acto reflejo, algo que no se puede aprender ni controlar, como respirar. Yo no creo que sea así... Yo he tenido que aprender a querer a un hombre porque me enamoré de uno, aprendí a pasear agarrada en su cintura, a deslizarme en su cama temblando, y a tener el doble de ropa interior en mi armario. Y lo hice con el mismo miedo y la misma excitación que una niña de 5 años patinando por primera vez en una pista de hielo...

La chica de los gatos.