miércoles, 17 de abril de 2013

Ciento siete.


El invierno acababa de decir adiós y la primavera empezaba a asomarse por debajo de un cielo todavía nublado. Era un día raro, no hacía frío pero tampoco calor. Un día de esos en los que no sabes si coger cazadora o no. En estos casos nunca suele tener dudas, así que salió de casa con su cazadora. Una chica del norte está acostumbrada a la lluvia, pero no al frío que hace en Madrid cuando hace frío.
Cinco minutos para un café y para que el camarero haga bromas matutinas "¿prefieres desayunar percebes?" A veces las cosas son curiosas, pero esa frase consiguió alegrarle la mañana. Quien le iba a decir que encontraría un lugar en el mundo en ese bar escondido en la calle Eguilaz que ni siquiera hace esquina. Un par de caladas rápidas a un cigarro y la carrera diaria hacia el metro para no llegar tarde, pero ese día tampoco lo consiguió y cuando llegó a la facultad la clase ya había empezado. Se sentó en la última fila con dos Des y una A.
Todas las mañanas se preguntaba qué hacían ahí sentados mientras A. hablaba de peces y M. odiaba todo contando los minutos que le faltaban para poder salir a fumarse un cigarro en condiciones. A las 10:51 el profesor les dejó salir y bajaron los cinco pisos corriendo. Era el día más normal del mundo. La puerta de la facultad estaba sobrepoblada, como siempre. Había alguien a lo lejos con un cigarro apagado en la boca y una camiseta de Pete Doherty.
"¿Tienes fuego?" - preguntó. A las 10:54, todo cambió para siempre.

La chica de los gatos.

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