miércoles, 31 de julio de 2013

Doscientos doce.


Para transitar algunos dolores, para poder abrirnos a ellos, hay que animarse a perdonar. Perdonar es soltar la culpa, dejarla ir. La culpa es un ancla que nos detiene. Al perdonar, al soltar la culpa, nos soltamos a nosotros. Nos permitimos avanzar. Castigarnos una y otra vez por algo que no podemos cambiar nos detiene en el tiempo. Hay que salirse de la huella, de esos pasos que nos llevan una y otra vez al mismo camino. Perdonar, perdonarse, es crecer. Hay que animarse a avanzar, a no repetir las mismas respuestas a los mismos problemas. Nos cuesta perdonarnos y eso nos destina a quedarnos congelados en el error que cometimos
No perdonarnos, es nuestra forma de castigarnos. Perdonar es más que perdonar a otro, es entender que no somos culpables de las impotencias de los otros. Cuando repetimos aquello que nos hace mal, en realidad es nuestro intento por repararlo. Es un intento porque aquello que fue, no sea. Cuando volvemos al mismo sentimiento, buscamos la posibilidad de cambiar lo que pasó. Un imposible.
Perdonar es soltar la culpa de existir. Hay deseos muertos, que nos atan, nos detienen en el camino. Están los otros, los que nos empujan, los que nos abren el camino. Los deseos muertos quieren cambiar lo que no se puede cambiar. Nos hacen mirar atrás, niegan el perdón y la posibilidad de perdonar. Perdonar es dejar en el pasado, lo que es el pasado. Es acomodar ese trauma en donde corresponde. Es reconstruir desde las ruinas. Es cerrar esa puerta. Es dejar que el tren avance. Es volver a jugar el partido. Es afirmar la propia identidad. Es animarse a ser otro. Es superar nuestros miedos. Es enfrentar nuestros miedos. Es luchar contra nuestros demonios. Es reencontrarse con uno mismo. Perdonar y perdonarse es soltar eso que nos tiene detenidos en el tiempo, y al fin poder avanzar.

La chica de los gatos.

martes, 30 de julio de 2013

Doscientos once.


La mayoría de personas cuando tienen una aventura o una relación larga y rompen, la olvidan, pasan a otra cosa y la olvidan como si nada hubiera pasado. Yo jamás olvido a alguien con quien he compartido algo, porque cada persona tiene sus cualidades propias, no se puede reemplazar a nadie, lo que se pierde, se pierde. Cada vez que acabo una relación me afecta muchísimo, jamás me recupero del todo, por eso tengo mucho cuidado en las relaciones, porque me duelen demasiado, aunque sea un royo de una noche... No suelo tenerlos porque echaría de menos las cualidades propias de esa persona, me fijo en los pequeños detalles.

La chica de los gatos.

lunes, 29 de julio de 2013

Doscientos diez.


Cuando se pierde a un ser querido nos planteamos muchas preguntas y vamos entendiendo los ciclos de la vida, inevitablemente aceptamos que las cosas ocurren independientemente de lo que nosotros deseábamos o esperábamos.
Pienso que lo natural es nacer y morir pero cuando a un ser querido le llega la hora, sea como sea, parecemos no estar preparados, como si fuera algo que nunca pudiera ocurrir, como si estuviera ajeno a nuestra condición de humanos. Cierto día pasa y entonces pensamos en por qué no disfrutamos de esa persona, por qué no aprendimos de ella, por qué... Muchas preguntas pero la respuesta está muy clara: vive con plena conciencia cada segundo, disfruta cada paso de la vida, y acepta todo lo que ocurra con alegría y buen carácter. Hay otros mecanismos de respuesta: la culpabilidad, la depresión, el suicidio... pero son opciones alejadas del sentido común y que nos pueden llevar por caminos de sufrimiento que son innecesarios.
No deseo la muerte de nadie y menos de un ser querido, pero si deseo que hasta que esa hora llegue seamos capaces de vivir la vida, sin pensar tanto en lo que pasará y siendo más conscientes del presente, de lo que acontece en cada instante, por muy cotidiano que parezca. Para entender esto solo hay quitarse "el traje de romano" y abrir un poco nuestro corazón, sin miedo y aceptar a los que nos rodean, disfrutando de ellos sin tantos prejuicios.
En realidad, pienso que la muerte no existe, sino únicamente en un plano físico y ello me provoca una pérdida del miedo a vivir la vida, sin tapujos, aprovechando cada respiración hasta que por suerte o por que simplemente tenga que ser así, muera.
Por ello no hay que preocuparse. No me cabe duda que tras la muerte, para las grandes personas están reservados los grandes lugares. Ese gran lugar es un regalo y ese regalo es permanecer en los corazones de los que te han querido. Eso significa ser eterno y la eternidad es inmortal.

La chica de los gatos.

Doscientos nueve.


Que la pasión, incluso la más fuerte, se desvanece. Y el aburrimiento pasa a ocupar su lugar. La costumbre. Y todo parece igual. Apagado. Sin estímulos. Y el amor, ése que se describe en los libros y en las películas, resulta ser una mera fantasía. En ese momento se abren dos opciones: romper o engañar. Para renovarse. Para recordar cómo era esa poderosa sensación que te devoraba el estómago cuando pensabas en él. O en ella. En estar juntos. Y se sigue así, atrapados en un círculo vicioso de hipocresía, en el que ninguno de los dos tiene el valor de decirle al otro que el sentimiento ha cambiado, que se ha agotado, que ha desaparecido. Que tristeza. ¿Así es la vida?

La chica de los gatos.

Doscientos ocho.


Cuántas veces utilizamos el verbo querer para referirnos a los sentimientos, y cuántas veces lo hacemos falsamente. Porque hoy, el valor de un te quiero, es muy difuso. Muchas personas tienden a decir "te quiero" a cualquiera, sin saber ellos mismos que el valor de un te quiero lo pone la otra persona a la cual dedicas esas palabras...
Todos hemos recibido alguna vez en nuestras vidas un "te quiero" pero ¿cuántas veces han sido de verdad? Nunca lo sabremos. O sí... Solo cuando recibes esas dos palabras, de alguien que realmente siente lo que dice, de alguien que sabes que le cuesta mostrar lo que siente... de alguien a quien tú, tu persona, también quiere como a nada, te das cuenta del valor de un "te quiero". Y entonces comprendes que todas esas veces que lo habías oído por otras personas, dejan de existir, dejan de cobrar la importancia que un día tuvieron... dejan de ser te quieros, y se convierten en dos palabras más.

La chica de los gatos.

viernes, 26 de julio de 2013

Doscientos siete.


Si alguna vez he dado más de lo que tengo, me han dado algunas veces más de lo que doy, se me ha olvidado ya el lugar de donde vengo y puede que no exista el sitio adonde voy.
A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado, del calor de la lumbre del hogar me aburrí, también en el infierno llueve sobre mojado, lo sé porque he pasado más de una noche allí.
Me enamoro de todo, me conformo con nada. Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción.

La chica de los gatos.

jueves, 25 de julio de 2013

Doscientos seis.


Ya no me consuela el hecho de que no seas bueno para mí. Ni de que todo el mundo me repita cómo has jugado conmigo, cómo me has hecho sufrir, cómo soy siempre la tonta que vuelve a caer una y otra vez. Ya no me consuela nada. Y sé que soy una idiota y todo el royo ese, bla bla bla... Nunca te he entendido, nunca te entenderé. Lo único que yo entiendo de ti, es que te quiero. Y que soy una egoísta, porque pienso que solo yo te voy a aguantar tanto, y sólo yo te voy a querer tanto. Y no sé hasta cuando durará mi lucha por ti. Ni sé si acabará algún día. Lo único que sé es que yo quiero ser para ti, yo quiero ser contigo. Yo quiero ser y que seas lo que mis ojos callan, y de lo que mis caricias te cuentan... 

La chica de los gatos.