viernes, 23 de agosto de 2013

Doscientos diecinueve.


Yo le quiero sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde, ni por qué me quita el sentido de la orientación. Me deja perdida, como ida. Yo, le quiero de la única manera que sé quererle, a mi forma... Sé que hay muchas formas de querer y que habrá conocido muchas o pocas, pero de lo que estoy segura es que nadie le habrá dado la pasión que yo le doy. Tanta pasión que su mano sobre mi pecho es mi mano, que sus (increíbles) ojos se cierran en mi sueño, que mi cuello lleva su olor. Me gusta proteger y me gusta ser un poco egoísta (perdóname), pero es porque me encanta que me den besos y que me abracen cuando no me lo espero (pero ¿sabes qué? que realmente cuando miro a otro sitio, estoy esperando a que me rompas con un beso y hacer como que no me lo esperaba.)

La chica de los gatos.

Doscientos dieciocho.


El mundo cabe en una canción. Las canciones nacen donde mueren los prejuicios. Los prejuicios destruyen futuros exquisitos. El futuro no conoce temores. Los temores desaparecen todos, cuando siento tu respiración cerca de mi boca, al tiempo que implora beber de tu cuerpo. Tu cuerpo es donde quiero sembrar mis deseos. Mi deseo es que nunca escapes del mundo que tejí con flores para ti.
Y el mundo... el mundo cabe en una canción.

La chica de los gatos.

Doscientos diecisiete.


A sonreír se aprende habiendo llorado mucho. Cuando te suena demasiado cualquier principio. Cuando deja de sorprenderte cualquier final. A sonreír se empieza en cuanto se aprende a soñar flojito. Pásate varios años con varias ilusiones sin cicatrizar, y a todos tus sueños les acabará saliendo una arruga.
Pero hoy no quiero hablar de sueños. Sino de sonrisas. Y hay muchísimas maneras de estirar la boca.
Para empezar, uno puede sonreír para sí mismo o puede sonreírle a otro. Se trata de sonrisas completamente distintas, sobre todo porque mientras la primera es por donde se escapan ideas alegres y recuerdos indelebles, la segunda constituye el símbolo universal de la complicidad. En este último caso, muchos aseguran que dedicarle a alguien tus labios puede resultar tan contagioso como un bostezo en el metro.
Luego están las sonrisas que enseñan los dientes y las que se hacen las interesantes. Nada que ver las unas con las otras. Creo recordar haber leído que el ser humano, junto a algunos primates, es el único animal del planeta que no enseña los dientes como señal de defensa o agresividad, sino justamente todo lo contrario. 
A partir de ahí, todas las demás. Sonrisas de idiota y sonrisas de listillo. Sonrisas falsas, sonrisas malignas, sonrisas tímidas, arrogantes, sonrisas payasas, sonrisas desesperadas. Sonrisas que invitan a un primer paso y sonrisas que declinan toda invitación. Sonrisas verticales, horizontales, de medio lado, de medio pelo y hasta en diagonal.
El catálogo de sonrisas humanas se complementa con formas de bocas, accidentales faciales y jardines dentales, hasta crear las infinitas combinaciones que, en teoría, y sólo en teoría, deberíamos estar presenciando continuamente. 
Y es que una variable clave dentro de esta inusual ecuación consiste en el momento en el que decide hacerse presente. Para cualquier otra expresión física, hay que tener muy en cuenta cuándo se manifiesta. Para la sonrisa, no.
Da igual la situación en la que te encuentres, una sonrisa bien dibujada siempre te va a ayudar a ti y seguramente a los demás también. Sí, incluso en un tanatorio, en un accidente y en una ruptura sentimental.
Para terminar, matización importante. No confundirse. Sonreír no tiene nada que ver con reír: Simplemente comparten letras. La sonrisa crece, la risa berrea. La sonrisa escucha. La risa habla, si se puede sonreír incluso mientras se llora. Con eso está todo dicho.
De cualquier modo, si hay algo que realmente me fascina del acto de sonreír es lo mucho que se obtiene frente a lo poco que cuesta. Lo poco que abunda frente a lo gratis que es.
Lo bien que conozco el teorema. Lo poco que me lo sé...

La chica de los gatos.

Doscientos dieciséis.


Vive al máximo cada momento, pues nunca vas a saber con certeza que significará para ti más adelante. Llora si te hace falta, pero llora de alegría, llora porque te duele la tripa de tanto reír a carcajadas.
No hemos inventado nada nuevo, ni siquiera hemos aprendido a amar, estamos perdidos... como en un sueño. El amor debería ser un milagro en el que soñamos la felicidad del otro. Por eso, no creas nunca que el amor te pertenece, porque en ese preciso instante desaparecerá... como un sueño, porque el amor es un sueño en el que sueñan dos.

La chica de los gatos.

Doscientos quince.


Ya perdoné errores casi imperdonables. Intenté sustituir personas insustituibles y olvidar personas inolvidables. Ya hice cosas por impulso. Ya reí cuando no podía. Ya hice amigos eternos. Ya amé y fui amada, pero también ya fui rechazada. Ya fui amada y no supe amar.
Ya grité y salté de tanta felicidad. Ya viví de amor e hice juramentos eternos, pero fallé muchas veces. Ya llamé sólo para escuchar una voz. Ya me apasioné por una sonrisa. Ya pensé que me moriría de tanta tristeza.
Tuve miedo de perder a alguien muy especial (y lo acabé perdiendo), ¡pero sobreviví! Y todavía vivo. No paso por la vida y usted tampoco debería pasar: ¡VIVA! Es bueno ir a la lucha con determinación. Abrazar con pasión. Perder con clase y vencer con osadía. Porque el mundo pertenece a quien se atreve. Y la vida es mucho para ser insignificante.

La chica de los gatos.

Doscientos catorce.


Lo que está diciendo es que quiere un compromiso. Traducción: ser domesticado. No, nunca es bueno depender de alguien en esta vida. Si cambias tu naturaleza, estás perdido.

La chica de los gatos.

jueves, 1 de agosto de 2013

Doscientos trece.


El problema es, ¿qué quieres tú?
Yo creo que ni tú mismo lo sabes. Creo que te da miedo elegir. Creo que, en el fondo, sólo eres un cobarde. No sabes si la quieres a ella, o si me quieres a mi. No sabes si prefieres sus besos o los míos. No sabes si quieres tenerme, o quieres tenerla. No sabes nada. Y estás asustado. Porque, pase lo que pase, no serás el ganador de la partida. No esta vez. Ahora las cartas están sobre la mesa y la pelota en tu campo. Se terminaron las discusiones tontas y las palabras con doble sentido. Las balas van directas al corazón. Eres el único que puede decidid. Porque, en el fondo, esta lucha es tuya, no mía. Yo me retiro. Y que gane el (la) mejor.

La chica de los gatos.