sábado, 3 de mayo de 2014

Ciento cuarenta y cuatro.


Y, entonces, todo hace click, como por arte de magia. Como si fuera exactamente eso lo que estabas destinada a pensar un día cualquiera a las tres de la madrugada. Que todas esas patrañas de comerse el mundo, de encontrar el sentido de tu vida o de descubrir quien eres, no le importan a nadie, a nadie en absoluto. Que todo lo que te pueda llegar a importar o a doler en realidad no es nada, no tiene la más mínima importancia. Que todas esas mañanas bajo el edredón con él, las conversaciones de madrugada y el creer que te va a hacer morir de la risa, no existen...
Y a la mierda con las depresiones de los domingos, las noches en vela o las traiciones de esas que duelen. Todo terminará por desaparecer, y tú con ello. Pero eso no tiene porque ser algo malo.

La chica de los gatos.

Ciento cuarenta y tres.


No sé si esto le pasa a todo el mundo, pero llega un momento en el que estás tan perdido, que no sabes cuál es tu camino, y te pones a dar vueltas, y vueltas sin llegar a ningún sitio. Puede que lo mejor sea quedarse parado y esperar que pase cualquier cosa, o bien necesitas que alguien te de un empujón. O necesitas a alguien que te ayude cuando te metas en un lio, y no sepas como salir. O te ayude a encontrar un camino conocido, que no sabías que existía...
Pero cuando por fin llegas a la meta y sabes lo que quieres, ahí, en ese momento, empieza lo realmente bueno. Y como dicen mis padres, mis profesores y todo el mundo, sin duda estoy en la flor de la vida

La chica de los gatos.

Ciento cuarenta y dos.


Un beso de buenas noches, un abrazo en una despedida, alguna pelea de vez en cuando, celos e indiferencia, una palabra bonita cuando me despierte de la siesta, un dibujo por mi cumpleaños. Un paseo de la mano, un beso en cada semáforo en rojo, hacer piececitos bajo la mesa del bar más mugriento de la carretera, la peli más aburrida del videoclub para dormirnos, una escapada a la playa cuando haga frío, oler a chimenea... Un te quiero un miércoles a las ocho de la mañana, una copia, un beso, una copia, un beso, una cama. Contarte el suceso más gracioso del telediario, romper mi hucha para regalarte una sudadera que me pondré yo, una moraleja en cada pelea... RECUERDOS, para que nunca puedas olvidarme.

La chica de los gatos.

Ciento cuarenta y uno.


Ya no tenía aquella electricidad en los ojos. Empecé a pensar que... a lo mejor no la tenía porque ya no existía. Sus ojos seguían reflejando algo... lo que ahora era la tristeza. A partir de entonces empecé a ver la tristeza en todas partes, cada cara era diferente pero en el fondo igual. Veía la tristeza en cada uno de los rostros, sentía que se me partía el corazón una y otra vez... y cada vez como la primera.

La chica de los gatos.

Ciento cuarenta.


Me dio mucho vértigo el pensar que tendría que estar con alguien para siempre... Y ahora para siempre me parece muy poco tiempo.

La chica de los gatos.

Ciento treinta y nueve.


Hay una razón por la que dije que sería feliz sola. No fue porque creyera que sería feliz sola, sino porque creía que si amaba a alguien y salía mal, no lo superaría... Es más fácil estar solo porque ¿y si te das cuenta de que necesitar amor y no lo tienes? ¿Y si te gusta y dependes de él? ¿Y si construyes tu vida en torno a él, y luego todo se desmorona...? ¿Se puede sobrevivir a ese dolor? Perder el amor es como sufrir daños en un órgano, es como morir. La única diferencia es que la muerte acaba, esto... puede continuar para siempre...

La chica de los gatos.

Ciento treinta y ocho.


Que lo importante no es la cantidad, es la calidad. Estoy segura que los dos chicos con los que he hecho el amor, valen mucho más que cualquiera de tus polvos de una noche. Pero tú sigue contabilizando las cosas, que no pasa nada. Es más fácil dar números que describir algo. Por eso es difícil explicar que el más rico no es quien tiene más dinero, es más rico porque los billetes son más fáciles de contar.
Yo prefiero escalofríos y vivir cosas que es mejor no contarlas porque nadie las va a entender. Que la polla no hay que medirla en centímetros, hay que medirla en los orgasmos que ha llegado a provocar. Pero claro, lo importante de un coche son los caballos que tiene y no las veces que todos los ocupantes han cantado una canción al unísono
Quédate con lo tuyo y ten claro que la mayoría de las mejores cosas que puedas hacer no se contabilizan. Que si quieres competir a ver quién tiene más, adelante, seguro que ganas, pero déjame que me quede con lo poco que tengo.

La chica de los gatos.